Dos 11 de septiembre: del quiebre al servicio

Comparte esta noticia

Anuncios

Septiembre no es un mes más en Chile. No solo porque el 21 comienza la primavera, ni porque la chicha y las empanadas inundan el ambiente. Tampoco estamos pensando únicamente en el 18 de septiembre de 1810, cuando por primera vez los chilenos tuvieron alguna voz en los asuntos del reino.

Septiembre está cargado de memoria. Y entre esas fechas hay una que, pese al paso del tiempo, continúa proyectándose con fuerza sobre nuestro presente: el 11 de septiembre de 1973. Han pasado más de cinco décadas y muchos de nosotros ni siquiera habíamos nacido cuando ocurrió el quiebre institucional que cambió para siempre la historia de Chile.

El paso de los años no ha conseguido borrar esa fecha. Y quizás tampoco debería hacerlo. La memoria histórica no consiste en olvidar aquello que nos incomoda, sino en ser capaces de recordar incluso lo que nos divide.

Los avances económicos del gobierno militar no justifican, bajo ninguna circunstancia, las brutalidades, las violaciones a los derechos humanos y abusos cometidos durante ese período. Del mismo modo, si bien el complejo escenario político, económico y social que precedió al golpe de estado puede ayudar a comprender el contexto,  no puede utilizarse para justificar la violencia, la persecución ni la vulneración de la dignidad humana que vino después.

Reconocer una cosa no obliga a negar la otra. La historia es suficientemente compleja como para admitir matices, pero existen principios que no debieran estar sujetos a interpretaciones políticas: la democracia, el respeto a los derechos fundamentales y el rechazo a la violencia como mecanismo para resolver nuestras diferencias.

El problema, entonces, no es que tengamos visiones distintas sobre un hecho histórico. No es la vieja división entre carreristas y o’higginistas —hoy más académica que política—, ni los recuerdos de la cruenta guerra civil de 1891. Una sociedad democrática puede convivir con interpretaciones diferentes de su pasado. Incluso debe hacerlo.

Anuncios

El verdadero problema aparece cuando esas diferencias dejan de ser parte de una conversación y se transforman en trincheras. Cuando el adversario político pasa a ser considerado un enemigo. Cuando la memoria se utiliza no para comprender, sino para atacar y para justificar nuevas formas de intolerancia.

Y septiembre vuelve a poner esa reflexión sobre la mesa en otras latitudes, con otra fecha que, aunque completamente distinta en sus causas y circunstancias, también quedó grabada para siempre en la memoria del mundo.

El 11 de septiembre de 2001, los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, en Estados Unidos, provocaron una tragedia que conmocionó al planeta. Miles de personas murieron y millones contemplaron, muchas veces en directo, imágenes que parecían imposibles. Las consecuencias políticas y geopolíticas de aquellos ataques todavía se sienten en distintas partes del mundo.

Pero al recordar aquel 11 de septiembre hay una imagen que merece ser rescatada más allá de las guerras, del terrorismo y de las disputas geopolíticas que vinieron después: Los 343 bomberos que murieron mientras cumplían con su deber.

No eran protagonistas de una guerra. No buscaban convertirse en héroes. Eran hombres que entraron a edificios de los que otros intentaban escapar, porque su oficio, su compromiso y su vocación los llevaron hacia el peligro.

Esa imagen también pertenece a la memoria del 11 de septiembre.

Y resulta particularmente significativa para nosotros, aquí, en Rancagua. Porque, en nuestra ciudad una compañía de bomberos mantiene vivo ese vínculo. La Quinta Compañía de Bomberos de Rancagua, Bomba New York, llevará adelante este 11 de septiembre su propia ceremonia de recuerdo y homenaje a los 343.

Anuncios

Hay algo profundamente simbólico en ello. A miles de kilómetros de distancia, en estas tierras lejanas, otros hombres y mujeres que abrazaron la misma vocación vuelven cada año a recordarlos. “Vivir para servir” es el lema de la Quinta Compañía.

Quizás no exista mejor manera de cerrar el círculo que nos proponen estos dos 11 de septiembre.

Porque si la memoria del 11 de septiembre chileno nos obliga a recordar hasta dónde puede llegar la división de una sociedad cuando se pierde la convivencia y se instala la violencia como forma de resolver las diferencias, y si el 11 de septiembre de Nueva York nos recuerda el horror al que puede conducir el fanatismo y la violencia, la historia de aquellos 343 bomberos nos ofrece también una imagen distinta: la de personas capaces de arriesgarlo todo por otros.

Podemos usar esta fecha para seguir levantando muros. Para repetir viejas consignas, buscar culpables eternos, convertir al que piensa distinto en una amenaza y transmitir a las nuevas generaciones los mismos rencores que hemos heredado.

O podemos hacer algo diferente.

Podemos recordar sin olvidar. Podemos reconocer el dolor de quienes sufrieron sin transformar ese dolor en una herramienta de división. Podemos condenar la violencia sin importar quién la ejerza o qué justificación pretenda darle. Podemos defender nuestras convicciones con firmeza, entendiendo que el otro también tiene derecho a tener las suyas.

Chile no necesita olvidar para reconciliarse. Necesita aprender a recordar sin quedar prisionero de sus recuerdos.

Quizás por eso la imagen de los bomberos resulta tan poderosa.

Frente a la tragedia, ellos no preguntaron quién era el que estaba atrapado. No preguntaron qué pensaba, de dónde venía o qué diferencias podía tener con ellos. Simplemente fueron a ayudar.

En este septiembre, entre celebraciones patrias y recuerdos dolorosos, quizás valga la pena detenernos en aquello que sí tenemos en común. Una historia compartida, una tierra compartida y un futuro que necesariamente tendremos que construir juntos.

Anuncios

Que el 11 de septiembre sea entonces una fecha para recordar, pero también para reflexionar. Que nuestro propio 11 de septiembre nos recuerde el costo de perder la convivencia democrática y el respeto por la dignidad humana. Que el 11 de septiembre de Nueva York nos recuerde el horror de la violencia y el fanatismo. Y que los 343 bomberos que no regresaron de aquella emergencia nos recuerden que, incluso en medio de la tragedia, existen personas capaces de poner al otro por delante de sí mismas.

Quizás allí esté una de las mejores respuestas que podemos dar a nuestra propia historia.

Vivir para servir.

Y también vivir para construir un país donde las diferencias no vuelvan a llevarnos a la violencia, donde la memoria sea una fuente de aprendizaje y no de odio, y donde el “nunca más” deje de ser solamente una expresión para convertirse en un compromiso de todos.

Luis Fernando González V

Sub Director.

Anuncios
Anuncios
Anuncios
Anuncios