Hay que partir por lo evidente: que este invierno hayamos tenido menos episodios críticos de contaminación atmosférica es una buena noticia. Si durante la Gestión de Episodios Críticos (GEC) 2026 el Valle Central de O’Higgins registró 12 alertas por material particulado fino (MP2,5) y ninguna jornada de preemergencia o emergencia ambiental, debemos alegrarnos.
Hay miles de personas que respiran un aire mejor y, por lo mismo, cualquier avance merece ser reconocido.
El problema aparece cuando de una buena noticia se pretende sacar, demasiado rápidamente, una conclusión mucho más grande: que estos resultados demostrarían que el Plan de Descontaminación Atmosférica de O’Higgins está funcionando.
La autoridad ambiental ha destacado precisamente esas cifras como un balance positivo de la GEC de este año. También ha puesto énfasis en el aumento de la fiscalización y en otras medidas implementadas para enfrentar la contaminación por MP2,5.
Todo eso puede ser valorado. Pero hay un pequeño detalle que parece haberse quedado fuera del relato triunfalista: la meteorología.
El factor que no se puede ignorar
El aire del Valle Central de O’Higgins no se comporta de la misma manera todos los inviernos. La contaminación atmosférica se acumula cuando existen malas condiciones de ventilación, bajas temperaturas y un mayor uso de sistemas de calefacción.
Por eso, no todos los inviernos son comparables.
Y este invierno fue distinto.
Después de varios años marcados por la sequía y una menor disponibilidad de precipitaciones, durante este año tuvimos un escenario con más lluvias y períodos de mayor presencia de viento. Son condiciones que favorecen la renovación del aire y la dispersión de los contaminantes.
Entonces, la pregunta resulta inevitable: ¿cuánto de la mejora que estamos celebrando corresponde efectivamente a las medidas del Plan de Descontaminación y cuánto a que este año tuvimos condiciones meteorológicas más favorables?
No tenemos la respuesta.
Y justamente ahí aparece una de las debilidades que hemos señalado anteriormente y que nuestro editorial de junio pasado resumía bajo un título que sigue plenamente vigente: “Contaminación: cuando las preguntas siguen abiertas”.
Porque una cosa es constatar que disminuyeron los episodios críticos y otra, muy distinta, es determinar por qué disminuyeron.
Una buena cifra no es todavía una evaluación del plan
No estamos diciendo que las medidas adoptadas por la autoridad no hayan tenido ningún efecto. Sería tan apresurado como atribuirles todo el mérito.
Lo que falta es una evaluación que permita separar ambos factores.
Si queremos saber si el Plan de Descontaminación por MP2,5 está cumpliendo realmente sus objetivos, necesitamos algo más que comparar el número de alertas de un invierno con el del anterior. Hay que analizar el comportamiento de las concentraciones de contaminantes considerando las precipitaciones, el viento, las temperaturas, las condiciones de ventilación del valle, el uso de calefacción y otros factores que inciden directamente en la calidad del aire.
Solo así podremos saber cuánto aporta realmente cada medida.
Y aquí aparece una paradoja: precisamente ahora existen mejores herramientas para hacer esa evaluación.
Durante este año se instalaron sensores de MP2,5 en las 17 comunas del Valle Central, mientras la red permanente mantiene estaciones de monitoreo en Rancagua, Rengo y San Fernando.
Es decir, hay más información disponible que antes.
Lo que corresponde, entonces, es utilizarla para responder las preguntas pendientes y no solamente para construir un balance favorable.
El verdadero examen vendrá con un invierno seco
El Plan de Descontaminación contempla medidas sobre calefacción, eficiencia térmica de las viviendas, quemas agrícolas y domiciliarias, fuentes estacionarias, transporte, compensación de emisiones, educación y gestión de episodios críticos.
Por eso, su éxito no debiera medirse solamente por cuántas preemergencias o emergencias tuvimos durante un invierno determinado.
Debiera medirse por una reducción sostenida de las concentraciones de contaminantes, independientemente de que el invierno sea lluvioso, seco, ventoso o particularmente frío.
Ese es el verdadero desafío.
Un buen resultado merece ser celebrado. Pero una política pública seria exige algo más que celebrar: exige saber por qué ocurrió.
La contaminación atmosférica en O’Higgins lleva demasiados años esperando respuestas definitivas. Por eso, más que cerrar el debate con un balance positivo, este resultado debería servir para abrirlo nuevamente.
Porque las preguntas siguen abiertas.
