Comunicar bien también es hacer buena política

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En tiempos recientes, la expansión, influencia y alcance de las redes sociales y su utilización con fines políticos han transformado significativamente la relación entre representantes y representados. Más allá de los diversos usos que se les puedan dar, es innegable que estas plataformas han abierto nuevos canales de comunicación que eran prácticamente desconocidos hace apenas una década.

El problema surge cuando la herramienta termina convirtiéndose en el propósito.

Porque comunicar también es hacer política, pero comunicar bien supone algo más que conseguir visibilidad, generar adhesiones o instalar una imagen. Supone poner la comunicación al servicio de los ciudadanos y de los asuntos que les importan.

La comunicación política ha caído muchas veces en la trampa de transformarse en una sucesión de mensajes breves y superficiales, donde las redes sociales son utilizadas principalmente como un instrumento de marketing personal. Frases grandilocuentes, fotografías cuidadosamente escogidas, videos destinados a provocar una reacción inmediata y breves relatos de actividades o eventos masivos terminan ocupando un espacio que debería estar destinado al debate de ideas, la explicación de decisiones y, también, a la sana negociación que forma parte de toda actividad política.

Es crucial recordar que el principal destinatario de la comunicación política es el ciudadano y no el político.

Parece una distinción evidente, pero no siempre lo es. Cuando una autoridad comunica permanentemente desde sus redes, existe el riesgo de que el ciudadano deje de ser un interlocutor para convertirse simplemente en un espectador. Y la política no puede reducirse a eso.

Las redes sociales son herramientas de comunicación, pero no son la comunicación en sí misma. Pueden ayudar a informar, abrir espacios de participación, acercar a las autoridades con la ciudadanía y hacer más transparente la actividad pública. Pero ninguna plataforma digital puede sustituir completamente la conversación, el encuentro, la deliberación y la búsqueda de acuerdos.

La política, entendida en su sentido más amplio, tiene que ver con los asuntos de la polis, palabra griega que originalmente designaba a la ciudad y, más ampliamente, a la comunidad organizada. Es decir, con la forma en que una sociedad decide convivir, resolver sus diferencias y enfrentar sus problemas comunes.

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Su propósito último debiera estar en hacer posible la vida en comunidad, procurar el bien común y crear las condiciones para que las personas puedan desarrollarse tanto individual como colectivamente. En ese sentido, el foco debiera estar puesto en el propósito y no en el protagonista que pretende encarnarlo o indicar el camino.

Las ideologías, las legítimas diferencias de opinión y las disputas electorales forman parte de ese ejercicio, pero no debieran terminar desplazando aquello que finalmente le da sentido: una comunidad que busca desarrollarse y mejorar la vida de quienes la integran.

La ciudadanía, además, ya no se conforma necesariamente con recibir información. Quiere participar, influir en las decisiones y conocer las razones detrás de ellas. Para eso se necesitan canales de comunicación reales y no solamente una sucesión de publicaciones destinadas a generar aprobación, rechazo o, simplemente, más seguidores.

A este escenario se suma ahora la inteligencia artificial. Si las redes sociales ya habían dificultado distinguir entre comunicación política y marketing, la posibilidad de producir imágenes, videos, voces y discursos artificiales plantea un desafío todavía mayor. En un entorno donde incluso aquello que parece espontáneo puede ser cuidadosamente construido o directamente generado por una máquina, la autenticidad adquiere un nuevo valor.

Por eso, quizás el desafío no sea abandonar las redes sociales ni desconfiar de toda comunicación política que se produzca a través de ellas. El desafío es recordar para qué existen y, sobre todo, para qué existe la política.

Las plataformas pueden cambiar, los algoritmos también y la inteligencia artificial seguirá transformando la manera en que nos comunicamos. Pero la política no debiera quedar reducida a aquello que cabe en una publicación, obtiene más reproducciones o genera más interacciones.

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Porque comunicar es también hacer política, y comunicar bien significa poner esa capacidad al servicio de los ciudadanos, de la conversación, de los acuerdos y, en definitiva, del bien común.

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