Seguramente hoy, 1 de octubre, al mediodía, la Plaza de Rancagua lucirá como cualquier día primaveral. A lo mejor, el eco lejano de un acto por los soldados caídos en la iglesia de La Merced romperá por un momento la habitual tranquilidad.
Muchos estarán sentados tranquilamente conversando; otros, en parejas o grupos, compartiendo una colación; personas haciendo cola para realizar trámites; varios tomando un café y otros trabajando en el jardín que rodea el monumento a Bernardo O’Higgins.
Una escena cotidiana, tranquila, que contrasta brutalmente con lo que ocurrió en este mismo lugar hace 212 años.
Porque entre el 1 y el 2 de octubre de 1814, esta plaza fue escenario de una batalla que se prolongó durante más de un día y que convirtió a la entonces Villa Santa Cruz de Triana en un lugar de muerte, fuego y destrucción.
Ser escenario de la guerra no fue gratis para Rancagua. Cientos de vecinos y vecinas quedaron atrapados en medio del combate. Sus viviendas fueron saqueadas e incendiadas y la población debió enfrentar las consecuencias de una violencia que marcaría a sus habitantes por generaciones.
Hombres combatiendo, familias encerradas, heridos, muertos, incendios y una ciudad sometida durante horas a una violencia que no habían elegido.
Hoy, sin embargo, la plaza parece haber olvidado todo aquello.
Las banderas de la Patria Vieja junto a la Delegación Presidencial, los food trucks y el gran pabellón nacional instalado para el Bicentenario parecen ser algunos de los pocos testimonios visibles de la enorme carga histórica de este lugar.
Y quizás ese contraste debería hacernos detenernos.
Porque recordar la Batalla de Rancagua no puede reducirse a repetir una fecha, levantar una bandera o realizar un acto cada año.
También debería servir para preguntarnos quiénes somos.
En un mundo cada vez más globalizado y caótico, volver a ser personas con un cierto arraigo es cada vez más importante. Saber de dónde venimos, conocer las historias que marcaron a quienes vivieron antes que nosotros y comprender cómo una comunidad fue capaz de sobrevivir a sus tragedias también forma parte de nuestra identidad.
Los rancagüinos tienen mucho de héroes resilientes, como el ave fénix que aparece en nuestro escudo como símbolo del saber renacer de las cenizas.
Tienen mucho de la rica y profunda cultura campesina. Mucho de la fuerza y solidaridad de los mineros. Y mucho también de la herencia de los migrantes que llegaron durante el siglo pasado.
Quizás nuestra identidad esté precisamente en esa mezcla y, sobre todo, en esa capacidad de levantarnos y reconstruirnos cada vez que sea necesario.
