Cada año, en el mes de octubre, la Iglesia en Chile dedica un tiempo a profundizar sobre el valor de la vida familiar, su importancia en la vida de cada uno de nosotros. Es una buena oportunidad para que nos demos el tiempo para valorar ese núcleo de personas en el cual hemos nacido, crecido y vivimos. Por experiencia sabemos que es en la familia donde vivimos las alegrías más grandes y las penas más hondas. Nada de lo que sucede en su interior, o a algunos de sus miembros, nos es indiferente.
Los que somos creyentes velaremos por una familia como nos la presenta la Revelación, la Palabra de Dios, y más aún, la misma experiencia de la humanidad a través de los siglos.
La familia se forma por la unión de un hombre y una mujer que se aman y se unen para apoyarse mutuamente; esa unión está abierta a la vida, a la procreación de los hijos.
Para poder mantener esa unión es necesario el amor, la decisión de la voluntad a ser fieles a los compromisos contraídos; es necesario también que se vivan al interior de ella las virtudes humanas, como la generosidad, el respeto, la veracidad, la paciencia, el perdón, el esfuerzo, etc. Todas estas virtudes, aprendidas desde la niñez, ayudarán a formar familias serias y estables.
La Palabra de Dios enseña cómo vivir la vida familiar, y así como San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos enseña: “Esposas, sométanse a sus maridos, pues es su deber como creyentes en el Señor. Esposos, amen a sus esposas y no las traten con aspereza. Hijos, obedezcan a sus padres, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos para que no se desanimen”. En una familia, cada uno tiene la misma dignidad y ha de aportar lo suyo para el bien de todos.
Reconocer a los adultos mayores
A propósito de la vida familiar, creo importante no olvidar a los adultos mayores, que también en octubre tienen su mes dedicado especialmente a ellos.
Muchos de nosotros hemos tenido la gracia de gozar de los abuelos y de personas mayores en nuestro entorno, que nos dieron ejemplo con sus vidas abnegadas y con la gran capacidad de cariño que siempre entregaron. Los mayores son, sin duda, un tesoro, una mina de conocimientos y experiencias que no podemos desaprovechar. Respecto al cuidado por los mayores, nos advierte la Sagrada Escritura: “Hijo, empéñate en honrar a tus padres, no los abandones mientras vivan. Aunque la inteligencia de ellos se debilite, sé comprensivo con ellos, no los avergüences mientras vivan”. Eclesiástico 3.
En cada familia encontraremos luces y sombras; tratemos de aportar con nuestra luz y no de incrementar tinieblas. Seamos generosos, buscando no solo nuestro bien, sino el bien de las personas que hemos recibido como regalo. Familias sanas, luchadoras, esforzadas nos asegurarán una sociedad sana y valerosa.
El Papa Francisco decía bellamente: “Tener un lugar donde ir se llama hogar, tener personas a quienes querer se llama familia, y tener ambas es una bendición”.
Manifestemos la alegría de ser familia y enseñemos a nuestros jóvenes a que formen las suyas en el momento oportuno, que ellos deseen casarse, tener hijos, formar familia.
Dios les bendiga.
+ Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua
