Pérdida y duelo…

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El duelo, proceso en donde la vivencia de pérdida y ausencia se toman la escena de la vida de las personas afectadas por ésta. Es uno de los procesos más dolorosos que es posible tener y si bien muchas veces nuestras defensas psicológicas, físicas, familiares y sociales nos llevan a eludirlo, nuestro cuerpo como un testigo activo inscribe en él, el relato de estos dolores y vivencias no vividas.

La forma de abordarlo se asocia a una serie de factores relacionados con la propia historia familiar y las premisas más hondas e inconscientes que se han transmitido de generación en generación y que traemos como herencia. Son patrones aprendidos que como pautas de una melodía nos llevan a desplegar una forma de libreto y coreografía que nos defiende del dolor y nos mantiene funcionales al menos por un tiempo.

En el contexto actual en donde recién salimos de una pandemia, los duelos se han transformado en una cotidianeidad. Privados de rituales y contactos con cuerpo, el duelo silencioso se ha infiltrado en la profundidad de nuestra mente y nuestro cuerpo que ‘llora’ a través de síntomas muchas veces imposibles de aliviar. El dolor entonces permanece como una sensación anclada en la profundidad de la psiquis.

¿La vivencia? Aunque racionalmente entendemos y sabemos que la muerte va a ocurrir, la vivencia se inscribe en el terreno de lo inimaginable. Se vive muchas veces con un profundo y doloroso abatimiento una retirada del interés por el mundo externo, una pérdida de la capacidad de amar y finalmente con la inhibición de toda actividad.

¿El tiempo? En un primer momento se rasga y abre una dimensión completamente desconocida, se produce un cambio de velocidad en el mundo interno, los acontecimientos se precipitan, se alteran las previsiones y órdenes establecidos… luego de aquello, la(s) persona(s) es(son) arrojada(s) a un tiempo de espera en donde la bruma cubre el sentido.

¿El espacio? Se torna denso, circular, monocromático, monótono, como si átomos y moléculas construyeran campos de fuerza que aíslan y conducen al sistema por la misma ruta una y otra, otra, otra vez. Se manifiestan en interacciones que como libretos gastados infiltran la ausencia dando lugar al desamparo donde la vivencia de molestia o perturbación se transforma en fuente de angustia y depresión. Súbita o progresivamente una gran parte de la identidad y sentido de vida desaparecen.

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Muchas veces los miembros de la familia y/o grupos no pueden tolerar el dolor, quedan entonces imposibilitados de acompañarse, de manera que el silencio los aísla aún más sumergiendo a sus miembros, en la inseguridad. El mundo tiende a percibirse hostil, reina la amargura, la culpa, la desconfianza, la destrucción y el escepticismo.

Emerge entonces el miedo, que se expresa en la sensación de vacío. El miedo en el cuerpo. Miedo a perder el control, miedo al dolor, al daño, a la muerte siempre presente agazapada tras nuestras frágiles defensas.

 

ELABORACIÓN Y REPARACIÓN

En nuestra cultura se tiende a suponer que alguien sano y normal puede y debe superar la pérdida de una persona amada, por completo y rápidamente. Es una exigencia ilimitada que opera como parte de las defensas del sistema y que son modos de negar la muerte.

Sin embargo, en aquellos momentos decisivos, puntos de quiebre, en que la vida cambia de rumbo el conocimiento profundo de las respectivas familias de origen y sus zonas de vulnerabilidad, fortalecen la confianza, permiten identificar recursos y abrir espacios creativos tanto para la persona en duelo, como para la familia en sí. La forma en cómo se viven e interpretan esas situaciones críticas, da cuenta de la capacidad regenerativa del sistema y es de gran valor.

De este modo, toda reparación está firmemente anclada en el cuerpo biológico personal, familiar, grupal y en la imagen que tienen de sí mismos, se expresa y se inscribe en el cuerpo y en el alma. Se apoya a nivel familiar, social y cultural. Entrama entonces una realidad orgánica, familiar, sistémica y vincular. La idea de este tránsito es co-construir una nueva manera de vivir, asumiendo el dolor y la certeza de que no es posible recuperar la vida anterior al trauma.

Recordar, escuchar, expresar emociones asociadas, narrar y re-narrar, simbolizar y metabolizar el daño van dando paso lentamente a un terreno menos hostil donde emerge la paradoja de olvidar recordando. De observar la vida en la pérdida, de esta manera es posible rescatar los vínculos que redefinen el sentido y posibilitan la trascendencia.

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Susana Muñoz Aburto

Psicóloga y terapeuta familiar

Directora de Serbal Centro Desarrollos Sistémicos

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