Por: Carlos Osses, comentarista deportivo.
Terminó el mes aniversario de los 70 años de O’Higgins de Rancagua. Fue un periodo cargado de actividades que se planificaron con tiempo, con esmero, y que buscaron estar a la altura de una historia que ha marcado profundamente a esta ciudad y su gente.
La misa fue un acto sobrio, lleno de respeto y sentido espiritual, donde se agradecieron los caminos recorridos. La gala fue sin duda el punto más alto: una noche emotiva, con homenajes a quienes han vestido la camiseta celeste, incluso a distancia, a través de saludos en video que dejaron huella en los asistentes. También hubo espacios de convivencia, como la jornada de futsal entre hinchas y exjugadores, que permitió compartir risas y recuerdos, en un ambiente distendido.
Pero no todo fue motivo de celebración. Para quienes no se sienten representados por cierto grupo de hinchas que, muchas veces, impone su estilo sobre el del resto, algunas actividades dejaron un sabor amargo. Hubo momentos que parecieron más concesiones emocionales que verdaderos actos de club. Esa no puede ser la lógica en una institución que dice construirse desde el respeto, la memoria y la proyección. Y lo más preocupante no fue lo que se hizo, sino lo que no se hizo.
En toda esta celebración, la cantera brilló por su ausencia. Esa misma cantera que el club tantas veces llama su alma, su futuro, su identidad. Esa cantera que entrena cada semana en El Monasterio Celeste, que reúne a más de 300 niños y jóvenes desde la Sub8 a la Sub20, fue ignorada. No hubo instancias para ellos, ni un espacio para proyectar su rol dentro del club en estos 70 años. Nada.
Y con ellos, también se dejó fuera a sus orgullosos padres, hermanos, tíos y abuelos. Familias completas que acompañan con esfuerzo y esperanza el camino de estos jugadores. Gente que madruga, que viaja, que se organiza para cumplir con entrenamientos, partidos y estudios. ¿No merecían también ser parte del homenaje?
Es importante decirlo: O’Higgins cuida a su cantera. Existe un trabajo serio, comprometido, con profesionales dedicados a formar no sólo futbolistas, sino también personas. Pero en esta pasada, esa preocupación no se vio reflejada. Se olvidó de quienes representan el mañana del club.
Y eso es especialmente grave si consideramos el presente del fútbol: un escenario cada vez más marcado por el negocio, por las rotaciones rápidas, por decisiones frías y cortoplacistas. En ese contexto, la identidad se vuelve un activo esencial. Los clubes que sobreviven no son necesariamente los que más compran, sino los que saben de dónde vienen y hacia dónde van. La identidad no se hereda, se construye. Y se construye desde abajo, desde los que aún están formándose.
Celebrar 70 años no es sólo aplaudir el pasado. Es también responsabilizarse por el futuro. Y en esta oportunidad, O’Higgins dejó fuera a los que debieron ser protagonistas centrales: su cantera y su gente.
Ojalá que para los 71, eso cambie.
