Cuando nombramos el apellido Orueta en Rancagua, nos viene a la memoria su influencia a través de la política, el ámbito empresarial y también en el deporte. Y para situarlos en el tiempo y espacio es necesario hablar de sus orígenes en nuestra zona: don Fernando Orueta Ruiz de Eguilaz, nacido en 1902 en el País Vasco, España.
Don Fernando llegó el 26 de marzo de 1921 a Chile, y se une con sus hermanos mayores (Donato, Saturio y Juan) en el negocio que ellos ya tenían en Rengo. En agosto de 1927 junto a su hermano Juan se traslada a Las Cabras donde se establecen con su propio negocio. En ese entonces se casa con Marina Ansoleaga Urrechaga, también de descendencia española (hija de Juan Segundo Ansoleaga Bilbao y Juana Urrechaga Larrazabal), con quien tuvo ocho hijos: Fernando, Alfonso, Luis, Carmen, María Isabel, José Antonio, Ana María y María Cristina. De todos ellos hoy sobreviven José Antonio, Carmen y María Cristina.
El 27 de diciembre de 1930 se trasladan a Rancagua abriendo la Ferretería Santiago, en calle Bueras con Independencia. Así se crea la Sociedad Orueta Hermanos. En 1939 abren un segundo local de la ferretería en calle San Martín 459. Este se conocería como “Mercería y Ferretería Orueta”. Después de un tiempo se concentrará toda la operación comercial en esta dirección.
Tiempo después, comenzarán a sumarse sus cuatro hijos hombres para continuar el desarrollo de la actividad comercial y también de la actividad agrícola en las comunas de Graneros y Rengo, principalmente en el área vitivinícola. En esta última área, en 1949 don Fernando realizó la primera vendimia en su viñedo y bodega en Chile, que dio origen a la viña La Ronciere, una viña familiar que ha pasado al menos por tres generaciones, dejando un legado del vino muy importante para nuestra zona.
Tuvo una extensa serie de cargos directivos y honrosos con que se le reconoce hasta el día de hoy. Fue Vicecónsul de España para O’Higgins y Colchagua. Además de su labor consular, se le atribuyen diversas acciones como la fundación de la Medialuna de Rancagua (Club de Rodeo) y del regimiento Membrillar. Posee la Orden al Mérito Civil del Gobierno de Chile, entregada “por su espíritu de fraterno altruismo y por su obra progresista y relevante para el país”. También fue presidente de la Cámara de Comercio de Rancagua, presidente de la Cámara para el Progreso de Rancagua, presidente del Rotary Club de Rancagua y director de los centros de padres del Instituto O’Higgins y del Colegio Sagrado Corazón (Monjas Argentinas). Fernando Orueta Ruiz de Eguilaz falleció en Santiago en 1980.

VIDA SOCIAL
Eso fue un breve resume de la historia de la familia. Pero para recabar más detalles, anécdotas y recuerdos, conversamos con dos generaciones de los Orueta descendientes de don Fernando y Marina: Alejandro (nieto) y Emiliano Orueta(bisnieto).
Ambos nos cuentan que los españoles y sus descendientes se unían en comunidad. Todas las familias se relacionaban entre sí, se casaban entre españoles y tenían muchos hijos. Se conocían todos y convivían principalmente en fiestas o bailes que la comunidad española organizaba. “Había mucha relación entre las familias porque Rancagua era más chico, porque se encontraban en la Cámara Comercio, en el Rotary, en el centro español o en el mismo colegio. Había relación de amistad con las familias provenientes de otros países que habían llegado a Rancagua con el mismo propósito”, relató Alejandro.
También recuerdan la vida en el Centro Español, especialmente cuando se cambiaron al parque María Luisa. “Allá vino después la cancha de tenis y la piscina, gracias a las gestiones del tío Poncho (Alfonso Orueta), cuando la antigua Digeder de esa época metía mucha plata al deporte. Entonces el tío se consiguió los fondos para su construcción. Ahí la piscina del centro fue pública muchos años porque el compromiso que hizo eran los recursos por clases gratuitas para la comunidad”. De chico, recuerda Alejandro iba al centro, después del colegio. Recuerda que su época de esplendor fue en la década de los 80, junto a otros de la zona, como el Country Coya y el Club Ansco, donde iban los de El Teniente.
Sus orígenes de la familia Orueta marcaron presencia en Pichilemu donde uno de los abuelos o bisabuelos se enamoró de su playa. Pasaron la mayoría de los veranos de su vida en su casa en Avenida Ortúzar, donde sus hijos y nietos siguieron esa tradición. “Recuerdo que de chico acompañábamos a buscar pescados a los botes. Tenían una casa en el sector céntrico de Pichilemu. Después de la muerte del abuelo Fernando con el tiempo dejamos de ir a Pichilemu”, menciona Alejandro Orueta.
LA FERRETERIA

El negocio que los hermanos Orueta tenían en Rengo no era una ferretería exactamente, más bien era una casa comercial que vendía de todo, desde clavos, martillos, serruchos, lámparas, vidrio, frazadas, etcétera. Cuando se separan se va con su hermano Juan a Las Cabras y los dos mayores se quedan en Rengo, que también después se separan comercialmente. “De las cabras llegamos a Rancagua, a la calle Independencia Esquina de Bueras, donde instalamos en esa fecha de diciembre del año 30, el día 27 para ser más exacto. La ferretería Santiago de propiedad de las firmas Juan y Fernando Orueta”, cuenta desde su propia voz, Fernando Orueta Ruiz de Eguilaz, en una entrevista en audio que le hicieron en 1974 para el diario y que aún conserva intacta Alejandro. “En dicho establecimiento estuvimos trabajando hasta el año 1939, fecha en que se compró la propiedad que actualmente posee la firma Fernando Orueta e hijos en la calle San Martín 459 con la firma también de Juan y Fernando Orueta. A la muerte de mi hermano Juan, Me hice cargo del activo y pasivo de dicha sociedad, formando una sociedad con mis hijos mayores Fernando, Alfonso y Luis Orueta. Después de 5 años de esa sociedad, ingresó a la firma Fernando Orueta e hijos, el menor de los hombres, José Antonio. Y así en esa forma con dos ferreterías en aquella oportunidad trabajamos uno en una ferretería de la calle Independencia y el otro trabajaba en San Martín 459 con personal en las dos ferreterías. Después la primera propiedad la dejamos por concentrarnos en todas las actividades nuestras en la ferretería Orueta de San Martín”, concluye la grabación.
El hijo Fernando Orueta Ansoleaga se casó y se fue. Lucho, Alfonso y José Antonio siguieron en la ferretería por muchos años. El negocio funcionaba, pero se hacían más “viejos y ninguno de la generación nueva quiso meterse”, entonces así comenzaron a relacionarse con el campo, con la agricultura y las viñas con las Pataguas en Rengo y la primera que compraron: La Ronciere de Graneros. “Entonces empezaron a combinar el comercio con la agricultura y las generaciones siguientes a estudiar porque no les interesaba el negocio. Al final el hecho de que las nuevas generaciones no continuaran con la tradición ferretera llevó a que se decidiera el cierre de la misma”.
Alejandro recuerda que él y sus hermanos a los 13 o 14 años, en vacaciones de verano, era llamados por su padre para acompañarlo en el trabajo, encargándoles que en una libreta anotaran los artículos de ferretería que se necesitaban en el campo y preocuparse de llegar a tiempo. Con los años las responsabilidades fueron aumentando. “El abuelo era muy solidario con el resto y muy querido por lo mismo. Conversaba todos los días con la gente y sabía de sus necesidades y eso le gustaba. El tío Poncho (Alfonso) sacó eso de su padre. Todos tienen algo del abuelo, mi papá era muy ordenado, Alfonso muy sociable y colaborador, el tío Lucho muy alegre y el abuelo de Emiliano (Fernando), mucho más técnico, matemático, y bueno para el negocio”, explica.
-¿Creen que es una gran responsabilidad llevar un apellido que en la zona se conozca?
Emiliano: Sí por supuesto. Somos herederos de un trabajo que ha construido una familia con un tremendo compromiso social. Una de las cosas que me dijo mi abuelo antes de morir (yo era el nieto mayor y regalón) era que el apellido no se mancha por ningún lado. Puede hacer cualquier cosa, pero aquí el apellido no. Hay que cuidarlo. Y seguir enalteciéndolo. Es como pertenecer a un equipo de fútbol, a una camiseta. Es un orgullo pero también una tremenda responsabilidad.
Alejandro: Pensar que se vino de España sin nada, a armar algo acá, que partieron de cero y que lo hicieron bien. Llevar un apellido así es acordarse de eso, de los sacrificios, los esfuerzos, que todo lo que hicieron era para generaciones que venían. Y eso hay que respetarlo. Se lleva y se respeta y hasta el día de hoy somos muy unidos.
ALFONSO JOSÉ ORUETA ANSOLEAGA

Uno de los miembros más recordados es el destacado político, bombero y dirigente de fútbol chileno Alfonso José Orueta Ansoleaga (1929-2012), llamado con cariño, don Poncho. Su trayectoria es un claro ejemplo de la participación de la familia en la vida pública de la ciudad y el país.
Fue electo alcalde de Rancagua en 1971 y con el renacimiento de los partidos políticos en el final de la década de 1980, se hizo militante de Renovación Nacional, siendo presidente regional por varios años. Además, en 1988 fue designado nuevamente alcalde de Rancagua. Sin embargo, al año siguiente dejó su cargo para postularse a senador en la elección parlamentaria de ese año, pero finalmente la Concertación logró doblar la votación de su lista, siendo electos Anselmo Sule y Nicolás Díaz. En 1997 se postuló como diputado por el distrito 32 (Rancagua), pero en esa elección resultaron electos Alejandro García-Huidobro y Aníbal Pérez. Desde ese año se dedicó a dirigir el partido del que fue uno de sus fundadores, Renovación Nacional.
Por otro lado, su pasión por el deporte lo llevó a ser una figura clave en el Club Deportivo O’Higgins de Rancagua del que fue presidente entre 1976 y 1982. Además, fue presidente, en el último año en la diligencia del club celeste, de la Federación de Fútbol de Chile entre 1981 y 1982.
Fue por seis décadas miembro voluntario de la Bomba O’Higgins de la Primera Compañía de Bomberos de Rancagua, además de superintendente honorario. Hoy su cuartel lleva su nombre. También se desempeñó como vicepresidente nacional de la institución. Falleció el 3 de octubre de 2012 en Rancagua, de manera fulminante tras sufrir un ataque al corazón en una céntrica farmacia de Rancagua.
