La inteligencia artificial (IA) avanza con rapidez y ya forma parte de numerosas actividades cotidianas, desde herramientas de uso masivo hasta sistemas capaces de transformar procesos laborales y participar en decisiones que afectan a las personas.
Ese avance también ha generado temor. Científicos, políticos, economistas e incluso algunos de los propios impulsores de esta tecnología han advertido sobre su impacto en el empleo, mientras que algunos escenarios más extremos anticipan una eventual inteligencia artificial capaz de escapar del control humano.
Sin embargo, para Manuela Delgado, ingeniera, consultora en innovación y divulgadora especializada en inteligencia artificial, los principales riesgos actuales están bastante más cerca de la realidad cotidiana que de las películas de ciencia ficción.
“Los verdaderos riesgos y peligros vienen de la mano del desconocimiento, acerca de cómo funciona la IA, y también de utilizar esta tecnología sin criterio”, sostiene la especialista.
Los riesgos que ya existen
Delgado identifica tres grandes riesgos institucionales asociados al desarrollo de la inteligencia artificial: la opacidad de determinadas decisiones automatizadas, la velocidad de despliegue de la tecnología por delante de la regulación y la concentración del poder en pocos actores que controlan la infraestructura de estos sistemas.
La especialista advierte que algunos de estos problemas ya han sido documentados. Entre ellos menciona el algoritmo COMPAS, utilizado en tribunales estadounidenses para predecir reincidencia y que mostró sesgos raciales; un sistema de selección de personal de una empresa de comercio electrónico que debió ser retirado porque penalizaba los currículums de mujeres; y problemas detectados en España en el funcionamiento de la aplicación BOSCO, utilizada para comprobar los requisitos de acceso al bono social eléctrico.
Para Delgado, estos casos muestran que el riesgo no está en una máquina que desarrolla voluntad propia, sino en sistemas que pueden tomar decisiones o entregar resultados deficientes sin que las personas comprendan completamente cómo llegaron a ellos.

¿La IA nos quitará el trabajo?
Uno de los principales temores asociados a la inteligencia artificial es su impacto sobre el empleo.
La especialista plantea que el fenómeno será más gradual y complejo que la idea de que una máquina simplemente “quite” un trabajo de un día para otro.
El avance de la IA supondrá, según explica, una automatización progresiva de tareas concretas dentro de distintas profesiones, lo que obligará a muchas personas a reconvertir sus habilidades.
El problema, advierte, es que no todos están preparados para afrontar ese proceso porque muchas veces nadie les ha explicado con claridad cómo será esa transformación.
Delgado recuerda que otros grandes saltos tecnológicos, como la imprenta, la electricidad e internet, también generaron temor social. A su juicio, la adaptación fue posible cuando existieron formación y tiempo para asumir los cambios.
El verdadero peligro: dejar de pensar
Más allá del empleo y de los grandes sistemas tecnológicos, la especialista identifica otro riesgo que depende directamente de las personas: la pérdida del criterio propio.
El problema aparece cuando una persona comienza a delegar su pensamiento crítico en una herramienta de IA en lugar de utilizarla para ampliar sus propias capacidades.
“Si delegamos en las máquinas las decisiones porque nos da ‘pereza’ pensar, entonces ¿Quién está generando el riesgo: la tecnología o nosotros mismos?”, plantea.
Por eso, considera fundamental que las personas comprendan cómo funcionan estas herramientas y aprendan a utilizarlas con un propósito concreto.
La IA puede ayudar a hacer más cosas y aumentar la productividad, pero el objetivo debería ser utilizarla para liberar tiempo y capacidades que permitan a las personas concentrarse en aquellas tareas en las que aportan mayor valor.

Lejos del escenario de “Terminator”
Para Delgado, la idea de una inteligencia artificial que adquiere conciencia, decide tomar el control y actúa contra los seres humanos pertenece a la ciencia ficción.
La especialista sostiene que ningún sistema actual posee ni está cerca de poseer una conciencia e intencionalidad como las que aparecen en ese tipo de relatos.
El riesgo real, afirma, está en las personas y organizaciones que diseñan y despliegan estas herramientas y en la responsabilidad que asumen al hacerlo.
“Una IA con voluntad propia que decide ‘tomar el control’ al estilo de lo que sucede en la saga fílmica ‘Terminator’” es, a su juicio, un escenario de ficción.
Aprender antes que temer
Delgado plantea que el miedo a la inteligencia artificial se alimenta principalmente del desconocimiento.
Por eso propone avanzar en alfabetización digital y comenzar a utilizar estas herramientas de manera práctica, en tareas pequeñas y concretas. La experiencia permitiría comprender mejor sus capacidades y también sus limitaciones.
Su propuesta es adoptar el concepto de “persona aumentada”: no competir con la máquina ni rendirse ante ella, sino utilizarla para ampliar el propio criterio, la voz y el trabajo.
La especialista resume esa actitud con una idea central: la IA puede proponer, pero la decisión debe seguir estando en manos de las personas.
“Usar las herramientas de IA de forma práctica, en algo pequeño y concreto, es el mejor antídoto contra el pánico y contra la fascinación acrítica”, sostiene.
En definitiva, frente al temor o al entusiasmo ciego, la apuesta es conocer la tecnología, utilizarla con criterio y mantener el juicio humano como filtro.
Daniel Galilea
EFE – Reportajes
