
Médica especialista en Medicina Familiar
Cada vez que ocurre una catástrofe aparece una versión de nosotros que emociona. Personas que donan, vecinos que abren las puertas de sus casas, voluntarios que salen a ayudar, campañas espontáneas, gente preguntando qué se necesita. Por unos días pareciera que todos recordamos que vivimos en comunidad.
Pero cuando baja el agua, cuando las cámaras se van y las noticias cambian de tema, también pareciera que esa comunidad vuelve a esconderse.
Como médica, he aprendido que una de las mayores vulnerabilidades no siempre es una enfermedad. Muchas veces es no tener a quién llamar. Es el adulto mayor que vive solo y que, si se cae, quizás pase horas esperando que alguien lo encuentre. Es quien enfrenta una enfermedad sin una red de apoyo. Es la persona que, simplemente, siente que a nadie le importaría si hoy no respondiera el teléfono. O una madre que debe trabajar y no tiene quién le cuide a sus hijos durante las vacaciones escolares.
Y entonces me pregunto: ¿qué significa realmente ser comunidad?
Quizás nos han enseñado que ayudar siempre implica grandes gestos. Organizar campañas, reunir dinero o resolver problemas enormes. Y, por supuesto, cuando ocurre una tragedia, todo eso es necesario.
Pero comunidad también se construye en la rutina diaria.
Cuando sabemos el nombre del vecino. Cuando llamamos a nuestros padres o abuelos solo para preguntar cómo están. Cuando nos detenemos unos minutos a escuchar a alguien. Cuando ofrecemos una taza de té, una sonrisa, una mano o simplemente nuestra presencia.
A veces creemos que un «Hola, ¿cómo estás?» es una frase de cortesía. Pero, dicho con tiempo, con atención y con verdadero interés, puede ser el recordatorio de que alguien existe para otro.
Ojalá no necesitemos esperar la próxima emergencia para recordar que nos necesitamos unos a otros. Porque las comunidades más fuertes no son las que solo reaccionan frente a las tragedias, sino aquellas que hacen de los pequeños gestos una forma cotidiana de cuidar.
Ser comunidad empieza exactamente ahí: en mirar al otro, detenernos un momento y preguntarle, de verdad: «Hola, ¿cómo estás?»
