Necesitamos volver a creer en la política, en su capacidad de transformar la sociedad, de construir acuerdos y de ofrecer un horizonte de futuro. Sin embargo, no siempre encontramos razones para hacerlo. La política —en general y la chilena en particular— sigue enfrentando un desafío que arrastramos por décadas: la tensión permanente entre la necesidad de pensar el futuro y la urgencia por resolver el presente. Este falso dilema ha marcado buena parte de nuestra historia reciente y ha permitido que se imponga un discurso simplista, que divide entre buenos y malos, y que poco contribuye a la construcción de soluciones.
La realidad cotidiana tampoco resulta alentadora. La dinámica política muchas veces parece premiar más la popularidad que las capacidades, mientras no son pocos los casos en que quienes llegan a posiciones de poder terminan privilegiando intereses particulares por sobre el bien común. No se trata de un fenómeno nuevo. La competencia política suele derivar en agendas cortoplacistas y prácticas clientelares que dejan de lado principios esenciales como la equidad, la sustentabilidad y una participación ciudadana efectiva.
Necesitamos autoridades con visión de largo plazo, capaces de mirar más allá de la urgencia administrativa y comprender que gobernar no consiste solamente en sumar apariciones públicas, realizar anuncios o exhibir resultados inmediatos. Gobernar implica trabajar por el bienestar colectivo, tomar decisiones responsables y entender que el ejercicio del poder exige transparencia, justicia y honestidad.
Por supuesto, esto no ocurre por inercia. Se requiere voluntad política, pero también ciudadanos más exigentes, dispuestos a evaluar críticamente a quienes los representan. Como sociedad, debemos aspirar a liderazgos que superen la lógica de los ciclos políticos breves y se atrevan a construir pensando en las próximas generaciones. Una buena gestión no debería medirse únicamente por lo que alcanza a inaugurar una autoridad durante su mandato, sino también por las condiciones que deja para quienes deberán continuar esa tarea.
Precisamente ahora, cuando no tenemos elecciones en el horizonte inmediato, debería existir una oportunidad para que la política se desprenda de la urgencia electoral y se concentre en pensar el futuro. Es el momento de discutir proyectos, construir acuerdos y abordar aquellos problemas que requieren continuidad y decisiones que van más allá de un período de gobierno. Sin embargo, seguimos observando una actividad política demasiado pendiente de la popularidad, de la exposición pública y de la aprobación inmediata. Parece importar más acumular seguidores, conseguir likes o instalar una frase que ofrecer ideas capaces de orientar el país. Lo preocupante es que escasean los liderazgos que nos hablen del mañana y, a veces, pareciera que ni siquiera somos capaces de encontrar a quienes nos hablen de la próxima semana.
El liderazgo auténtico no se valida únicamente en las urnas. Se demuestra día a día, a través de una conducta coherente y de decisiones que prioricen el interés colectivo por sobre cualquier ambición personal. Necesitamos una política que entienda el servicio público como una responsabilidad y no como una oportunidad de beneficio propio. Puede parecer una aspiración idealista, pero resulta indispensable si queremos que la gestión pública vuelva a ser valorada como un instrumento para mejorar la vida de las personas.
También debemos recordar que los cambios verdaderos no se imponen: se construyen mediante acuerdos amplios y voluntad de diálogo. La política de trincheras, donde cada sector parece más preocupado de derrotar al adversario que de encontrar soluciones, difícilmente permitirá impulsar las transformaciones profundas que Chile necesita.
A quienes asumen la responsabilidad de gobernar, un recordatorio sencillo: la legitimidad se construye todos los días. Sus decisiones serán, finalmente, la medida de su liderazgo. La ciudadanía no espera autoridades infalibles, pero sí personas capaces de actuar con honestidad, reconocer errores y anteponer el interés colectivo a sus propias aspiraciones.
Porque necesitamos volver a creer. Creer que la política puede ser mucho más que una disputa por el poder, que todavía es posible construir acuerdos y que quienes nos gobiernan comprenden que su principal responsabilidad es servir a la sociedad. Recuperar esa confianza no depende de una campaña ni de una promesa. Depende de lo que se hace, de cómo se gobierna y de la capacidad de demostrar, con hechos, que el bien común sigue siendo el propósito fundamental de la política.
