¿Quién cuidará la palabra en tiempos de inteligencia artificial?

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La discusión sobre inteligencia artificial, derechos de autor y sostenibilidad del trabajo intelectual no es solamente tecnológica o económica. También plantea una pregunta sobre el valor que otorgamos al conocimiento, la creación y la responsabilidad humana en una sociedad cada vez más mediada por algoritmos.

La publicación de la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV coincide con un debate que, aunque parece técnico, toca aspectos fundamentales de nuestra vida en común: el avance de la inteligencia artificial y su relación con quienes producen conocimiento, cultura e información.

A primera vista, ambos asuntos parecen pertenecer a mundos distintos. Por un lado, una reflexión sobre la dignidad humana en tiempos de revolución tecnológica. Por otro, una controversia legislativa y económica sobre derechos de autor, medios de comunicación, editoriales y sistemas de inteligencia artificial. Sin embargo, observados con atención, ambos plantean la misma pregunta: ¿qué valor otorgamos hoy al trabajo intelectual humano que hace posible el conocimiento?

Durante siglos, las sociedades construyeron mecanismos para proteger y fomentar la creación intelectual. Libros, periódicos, investigaciones, fotografías, archivos y obras artísticas no surgieron espontáneamente. Detrás de cada uno de ellos existen personas, instituciones y comunidades que invirtieron tiempo, recursos y talento para producirlos. Sin embargo, el desarrollo de modelos de inteligencia artificial capaces de entrenarse con cantidades masivas de contenido ha puesto en tensión ese equilibrio.

La paradoja es evidente. Nunca había existido una capacidad tan grande para acceder, organizar y difundir conocimiento gracias a sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar volúmenes masivos de información. Pero al mismo tiempo, nunca había sido tan incierto el futuro de quienes lo producen. Si la información puede ser utilizada, procesada y reutilizada sin reconocimiento ni compensación adecuada, el riesgo no es solamente económico. Es también cultural y democrático.

En su encíclica, León XIV advierte sobre la tentación de medir el valor de las personas exclusivamente según criterios de eficiencia y productividad. La observación parece dirigida a la tecnología, pero también puede leerse como una advertencia para nuestras instituciones. Cuando una sociedad comienza a considerar prescindibles a sus periodistas, escritores, investigadores, editores o creadores porque una máquina puede reproducir parte de sus funciones, corre el riesgo de olvidar que el conocimiento no es un producto industrial más. Es una construcción humana que depende de la experiencia, la responsabilidad y el juicio.

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La inteligencia artificial puede procesar información. Puede sintetizar textos. Puede incluso generar respuestas convincentes. Pero no investiga una corrupción, no asume responsabilidad ética por lo que publica, no responde ante una comunidad ni comparte el destino de las personas sobre las que informa. Esa tarea sigue siendo humana.

La verdadera cuestión consiste en determinar qué condiciones permiten que el progreso tecnológico y el desarrollo humano se fortalezcan mutuamente. Sería un error interpretar estas reflexiones como una oposición a la inteligencia artificial. De hecho, esta misma columna fue elaborada con apoyo de herramientas de IA que permitieron revisar, contrastar y sintetizar en pocas horas una cantidad de textos cuyo análisis manual habría requerido mucho más tiempo. Esa capacidad constituye una oportunidad valiosa para periodistas, investigadores, estudiantes y creadores.

Sin embargo, precisamente allí radica una distinción fundamental. La inteligencia artificial colaboró en el proceso, pero no es autora de estas líneas. Las preguntas formuladas, las fuentes seleccionadas, las decisiones editoriales y las opiniones aquí expresadas corresponden a una persona que asume la responsabilidad por ellas. Si este texto contiene aciertos o errores, la responsabilidad no recae sobre un algoritmo. Más aún, el resultado de esta interacción no puede reproducirse mecánicamente. Surgió de una conversación específica, de determinadas preguntas, de una experiencia profesional concreta y de decisiones humanas tomadas a lo largo del proceso. La inteligencia artificial puede facilitar el trabajo intelectual, pero sigue siendo una herramienta. El sentido, el juicio crítico y la responsabilidad continúan perteneciendo a quienes la utilizan.

Resulta legítimo impulsar la innovación, fomentar la investigación y aprovechar las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Sin embargo, también es legítimo preguntarse quién asumirá los costos de ese proceso y qué ocurrirá si las estructuras que producen información confiable, pensamiento crítico y creación cultural terminan debilitadas en beneficio de actores cada vez más concentrados.

Al mismo tiempo, una inteligencia artificial capaz de reutilizar millones de contenidos necesita que alguien siga produciendo esos contenidos. Sin los incentivos para investigar, reportear, escribir o crear desaparecen, también se debilita la materia prima sobre la cual estos sistemas aprenden.

También hay que considerar que los medios de comunicación, las editoriales, las universidades y los creadores independientes no constituyen simplemente sectores económicos. Son parte de la infraestructura intelectual de una sociedad democrática. Cuando esa infraestructura se deteriora, la consecuencia no es solamente la pérdida de empleos o de ingresos. También se debilitan los mecanismos que permiten distinguir entre información y propaganda, entre conocimiento y ruido, entre verdad y manipulación.

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Quizás por eso la reflexión de León XIV adquiere una resonancia que trasciende el ámbito religioso. Su llamado a permanecer profundamente humanos en la era de la inteligencia artificial interpela a creyentes y no creyentes por igual. Porque el desafío no consiste únicamente en desarrollar máquinas más poderosas, sino en decidir qué tipo de sociedad queremos construir con ellas.

La tecnología puede ampliar nuestras capacidades. Pero ninguna innovación será verdaderamente un avance si termina erosionando las condiciones que hacen posible la creación, la confianza y la vida en comunidad. La pregunta de fondo sigue siendo la misma: si dejamos de cuidar a quienes producen la palabra, ¿quién cuidará después de la verdad?.

Por: Luis Fernando González V.

Sub Director.

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