Cuando producir contenido dejó de ser difícil

Un ensayo sobre periodismo, inteligencia artificial, autoridad, comunicación y la responsabilidad de decidir qué merece ser contado, a propósito de los 111 años de El Rancagüino.
Ensayo sobre periodismo, inteligencia artificial y el futuro de los medios de comunicación
Cuando producir contenido dejó de ser difícil”, ensayo publicado por El Rancagüino con motivo de sus 111 años.

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Primero que nada, una explicación. En este espacio normalmente iría el editorial.

El editorial es un género periodístico de opinión mediante el cual un medio de comunicación expresa institucionalmente su posición frente a un acontecimiento, problema o asunto de relevancia pública, a través de una argumentación orientada a interpretar los hechos y proponer una determinada valoración de ellos.

Sin embargo, precisamente por la relevancia de celebrar 111 años, haremos algo un poco distinto. Este texto es algo más cercano a un ensayo que a una columna de opinión. Aunque traerá bastante de opinión, no está escrito desde mi persona, sino desde mi rol institucional en El Rancagüino. En última instancia, entonces, sí podría ser considerado un editorial, pero uno con esteroides.

Partamos por una observación, que tal vez viene de la experiencia —los años no pasan en vano— o simplemente de la percepción. Hay algo extraño en este tiempo que vivimos hoy.

Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos. Podemos enviar un mensaje al otro lado del mundo en segundos, hacer una videollamada, publicar una fotografía para miles de personas, transmitir en directo, generar un video, traducir un texto, resumir un libro o pedirle a una inteligencia artificial que escriba por nosotros.

Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para producir contenido.

Y, sin embargo, comunicarnos parece haberse vuelto cada vez más difícil.

Una máquina puede producir un texto en segundos. Puede hacerlo correcto, ordenado y perfectamente comprensible. Puede escribir diez titulares diferentes para una misma noticia, resumirla en tres párrafos, transformarla en una publicación para redes sociales, traducirla a varios idiomas o incluso convertirla en un podcast.

Pero producir un mensaje no significa necesariamente comunicarse.

Comunicar implica escuchar. Preguntar. Comprender. Contrastar. Interpretar. Responder. Incluso cambiar de opinión.

Y quizás esa sea una de las grandes paradojas de la revolución tecnológica que estamos viviendo: mientras más herramientas tenemos para producir contenidos, más pobre parece volverse la comunicación.

Tanto, que algo tan antiguo y elemental como conversar puede comenzar a parecer revolucionario.

El problema de la abundancia

Durante buena parte de la historia del periodismo, producir información era difícil.

Había que salir a reportear, conseguir fuentes, tomar notas, revelar fotografías, escribir, editar, imprimir y distribuir. El proceso imponía límites. Publicar costaba tiempo y dinero.

La tecnología fue reduciendo progresivamente esas barreras.

Primero fue la radio. Después la televisión. Luego internet. Más tarde llegaron los blogs, las redes sociales, los teléfonos inteligentes y las plataformas de video.

Cada revolución tecnológica hizo más sencillo publicar.

La inteligencia artificial está llevando ese proceso a un nuevo extremo: producir contenido puede llegar a ser casi instantáneo.

Y aquí aparece una pregunta que quizás todavía no nos hacemos suficientemente:

¿Qué ocurre con el valor de la información cuando producirla deja de ser difícil?

La respuesta más evidente es que aumenta la cantidad.

Pero quizás el efecto más importante sea otro: aumenta también la dificultad para distinguir.

El problema ya no es encontrar algo que leer. El problema es saber qué merece ser leído.

Qué fue producido para informar y qué fue producido para persuadir, vender, manipular o simplemente conseguir nuestra atención.

En otras palabras, la abundancia de información no elimina la necesidad del periodismo.

La hace más evidente.

El periodismo antes de Google

Para un diario como El Rancagüino, esta discusión no comenzó con la inteligencia artificial.

Cuando nació en 1915 como La Semana, publicar significaba buscar y seleccionar. En 1938, cuando se transformó en diario y adoptó el nombre de El Rancagüino, seguía existiendo esa misma responsabilidad: decidir qué ocurría en una comunidad y qué debía ser contado.

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Desde entonces cambió prácticamente todo.

Cambió el papel, la velocidad, la fotografía, la forma de escribir y la forma de distribuir. Cambió el lector. Cambió la sociedad.

Pero hay una pregunta que permanece:

¿Qué merece ser contado?

Durante mucho tiempo esa decisión estuvo relativamente concentrada.

El diario era una de las principales puertas de entrada a la información local e incluso mundial. Quien quería saber qué estaba ocurriendo en su ciudad encontraba allí una selección de acontecimientos que alguien había considerado relevantes. Lo mismo ocurría con las noticias internacionales.

El acceso al teletipo hacía que la redacción tuviera una posición privilegiada como puerta de entrada a esa información.

Después llegó internet.

Y con internet llegó Google.

Entonces los medios tuvimos que aprender una nueva pregunta:

¿Cómo hacemos para que aquello que publicamos pueda ser encontrado?

Nació así una obsesión que hoy conocemos bien: el SEO.

Aprendimos sobre palabras clave, titulares, enlaces, velocidad de carga, estructura, búsquedas y algoritmos.

Después aparecieron las redes sociales y la pregunta volvió a cambiar:

¿Cómo conseguimos que alguien descubra lo que publicamos?

Hoy estamos entrando en una nueva etapa.

La pregunta empieza a ser:

¿Cómo conseguimos que una inteligencia artificial considere confiable aquello que publicamos?

Es un cambio mucho más profundo de lo que parece.

La autoridad después del algoritmo

Porque ya no estamos hablando solamente de aparecer en una página de resultados o conseguir que alguien haga clic.

Estamos hablando de autoridad.

Una inteligencia artificial puede saber muchas cosas sobre nuestra región.

Puede saber dónde está, cuántos habitantes tiene, cuáles son sus principales actividades económicas, qué equipos deportivos existen o cuáles son sus lugares más conocidos.

Pero saber datos sobre una zona no es lo mismo que conocerla.

Un medio regional puede pasar décadas registrando una comunidad.

Puede saber qué autoridades han prometido algo antes, qué problemas se repiten, qué nombres aparecen una y otra vez, qué barrios han cambiado y qué asuntos aparentemente menores terminan convirtiéndose en problemas importantes.

Ese conocimiento no siempre está contenido en una base de datos.

Por eso, en la era de la inteligencia artificial, la pregunta por la autoridad puede ser incluso más importante que la pregunta por el alcance.

Porque cuando cualquiera puede producir contenido, la trayectoria de quien lo produce vuelve a importar.

María Elena Gronemeyer es periodista, doctora en Comunicación y académica de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Durante décadas ha estudiado, entre otras materias, el periodismo, la ética de las comunicaciones y la relación entre medios, política y sociedad. En un trabajo publicado hace años planteó una preocupación que hoy vuelve a adquirir enorme actualidad: la credibilidad es una condición fundamental para la supervivencia y desarrollo de los medios, y para sostenerla se necesitan rigor en el reporteo y confirmación de los datos.

Quizás nunca una idea antigua haya resultado tan moderna.

Porque en un mundo donde producir contenido se vuelve cada vez más sencillo, saber quién lo produjo y cómo lo hizo puede ser parte fundamental de su valor.

Una máquina puede escribir. Pero ¿puede conversar?

Aquí aparece la parte más inquietante de esta transformación.

Hemos construido herramientas capaces de producir respuestas extraordinariamente sofisticadas. Pero una respuesta no necesariamente es una conversación.

Podemos pedirle a una máquina que escriba una noticia sobre un incendio. Puede organizar los antecedentes, explicar las causas posibles y redactar un texto impecable.

Pero el periodista puede hablar con la persona que perdió su casa, puede preguntar al vecino por qué el fuego avanzó hacia determinado sector. Puede llamar a la autoridad y preguntarle por qué una medida anunciada el año anterior no se cumplió.

Puede escuchar una respuesta que no estaba en ningún comunicado.

Puede advertir una contradicción.

Puede hacer una segunda pregunta.

Y una tercera.

La inteligencia artificial puede generar una respuesta.

El periodista puede generar una pregunta.

Y, a veces, la pregunta es mucho más importante que la respuesta.

Esto no significa idealizar al periodista ni demonizar la tecnología.

Al contrario.

La inteligencia artificial ya no es el futuro. Es hoy una extraordinaria herramienta para buscar, ordenar, comparar, analizar y producir. Es una herramienta que nosotros mismos utilizamos a diario.

De hecho, este mismo ensayo fue escrito con apoyo de una inteligencia artificial.

No tendría mucho sentido hablar de ella como una herramienta extraordinaria y, al mismo tiempo, ocultar que la estamos utilizando mientras escribimos estas líneas.

El proceso, sin embargo, es bastante menos mágico de lo que podría parecer.

Las ideas han surgido de preguntas, recuerdos, observaciones y discusiones sobre el periodismo y sobre lo que estamos viviendo. La inteligencia artificial ha ayudado a ordenar, proponer, relacionar, cuestionar formulaciones y volver a escribir algunas ideas.

Pero cuando una respuesta no convence, la conversación vuelve a empezar.

Entonces el resultado no sería exactamente el mismo, aunque otra persona utilizara la misma herramienta.

Ni siquiera sería el mismo si utilizara las mismas preguntas.

Porque las preguntas son mías.

Las observaciones son hechas por el autor.

Los cuestionamientos vienen de nuestra experiencia.

Y el resultado es nuestra responsabilidad.

No la de la inteligencia artificial.

Una inteligencia artificial es una herramienta. Y a las herramientas no se les atribuye responsabilidad por lo que hacemos con ellas.

No culpamos al martillo por un clavo mal puesto. Responsabilizamos a quien lo utilizó.

Eso también vale para el periodismo.

Si mañana publicamos una información falsa porque una inteligencia artificial nos entregó un dato equivocado, no podremos decir que la culpa fue de la máquina.

La herramienta puede explicar el error. Nunca puede asumir la responsabilidad por ese error.

La realidad que nadie puede ver completa

Hay una idea que aprendí hace un par de décadas, cuando estudiaba Teoría de la Noticia con Eliana Rozas. Era, incluso, una de esas materias que podían convertirse en pregunta de examen.

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Rozas es periodista, profesora de Teoría de la Noticia y Ética de las Comunicaciones, y ha ejercido durante décadas la docencia y distintas responsabilidades en el ámbito de los medios y las comunicaciones. Fue directora de la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica de Chile y ha ocupado cargos editoriales y ejecutivos en diversos medios de comunicación.

La idea que recuerdo es sencilla y, a la vez, profunda: ningún ser humano puede conocer la realidad completa, porque nadie puede observar un hecho desde todos sus ángulos al mismo tiempo.

A lo anterior podríamos agregar, que no solo observamos desde un lugar físico determinado. También observamos desde lo que somos.

Nuestra historia, nuestra experiencia, nuestros conocimientos, nuestra posición social, nuestras emociones e incluso nuestros prejuicios forman parte de ese lugar desde el cual miramos.

Dos personas pueden estar exactamente en el mismo sitio frente al mismo acontecimiento y, sin embargo, percibir cosas diferentes.

Un bombero frente a un incendio no necesariamente ve lo mismo que la persona que está viendo cómo se quema su casa. El dueño de una empresa no necesariamente percibe una protesta laboral de la misma manera que el trabajador que participa en ella.

Un padre no necesariamente observa una decisión educacional de la misma manera que un estudiante. No necesariamente porque alguno esté mintiendo, sino porque están situados de manera diferente frente a la realidad.

La realidad no cambia porque la miremos desde lugares distintos. Lo que cambia es como la conocemos, siendo entonces una imposibilidad física verla a un tiempo de todos los ángulos posibles.

Y si eso es cierto para cualquier ser humano, mucho más lo es para el periodismo.

El periodista tampoco puede verlo todo.

No puede estar simultáneamente en todos los lugares.

No puede escuchar todas las conversaciones.

No puede desprenderse completamente de su propia historia, sus conocimientos y su experiencia.

Por eso una noticia nunca ha sido ni podrá ser la realidad completa. El lenguaje mismo es una limitación: no es lo mismo decir “color rojo” que ver el color rojo.

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Es una representación de la realidad.

Pero aquí hay algo fundamental: esa limitación no invalida al periodismo. Lo obliga a ser riguroso.

Precisamente porque nuestra mirada es limitada, necesitamos buscar otras miradas. Necesitamos varias fuentes.

Necesitamos contrastar, revisar documentos, volver al lugar, preguntar nuevamente.

Incluso reconocer aquello que no sabemos.

La noticia es, entonces, el resultado de un esfuerzo profesional por aproximarnos a una realidad que siempre será más grande que cualquiera de nuestras miradas sobre ella.

Y esa es una de las razones por las que la inteligencia artificial tampoco resuelve el problema.

Puede procesar millones de documentos.

Puede comparar cientos de testimonios.

Puede encontrar relaciones que una persona no habría advertido.

Pero tampoco posee la realidad.

Posee representaciones de la realidad producidas por personas que, antes que ella, estuvieron limitadas por sus propios lugares de observación.

La inteligencia artificial puede ampliar nuestra capacidad para procesar información, pero no elimina la necesidad de preguntarnos de dónde viene esa información.

La plaza pública que se convirtió en muchas plazas

Aquí vale la pena detenerse en alguien que probablemente no forma parte de las lecturas habituales de un diario: el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, uno de los grandes pensadores de la comunicación, la democracia y la vida pública del siglo XX.

Uno de sus conceptos más conocidos es el de esfera pública: ese espacio en el que personas privadas se reúnen para comunicarse, discutir asuntos de interés general y formar opinión pública. En su formulación, ese espacio cumple una función fundamental para la vida democrática.

Durante buena parte de la época anterior a las redes sociales, los medios de comunicación cumplieron, en cierta manera, una función parecida.

Un diario podía ser el lugar simbólico donde una comunidad se encontraba cada mañana.

Allí estaban las noticias, las decisiones de las autoridades, los conflictos, los problemas de los barrios, las cartas de los lectores, diversas opiniones.

Una parte importante de la sociedad podía encontrarse frente a los mismos hechos y discutir sobre ellos desde un terreno informativo relativamente compartido.

Los medios eran, en cierta medida, una plaza pública.

Y entonces llegaron las redes sociales.

La plaza se multiplicó.

Hoy tenemos miles, millones de espacios donde las personas conversan, discuten, reclaman, celebran, informan y desinforman.

La pregunta es si seguimos teniendo una plaza.

O si esa plaza se ha disuelto en miles de pequeñas plazuelas, muchas veces desconectadas entre sí.

Habermas mismo terminó reconociendo, en su evolución posterior, que no necesariamente existe una única esfera pública: pueden existir múltiples espacios públicos que se interceptan y cuyos límites permiten flujos de comunicación entre ellos. Pero el algoritmo parece a veces incluso difuminar, hasta hacer desaparecer, esos espacios de intersección, encerrándonos en nuestras propias esferas de percepción.

Nos prometieron una aldea global. La expresión de Marshall McLuhan parecía anunciar un mundo en que todos estaríamos conectados con todos.

Y, en cierto sentido, lo estamos. Pero quizás la aldea global terminó transformándose en millones de aldeas individuales. Todas conectadas, todas hablando, todas produciendo contenido.

Pero muchas veces cada una con sus propios códigos, sus propias referencias, sus propios líderes, sus propios algoritmos y, lo más preocupante, sus propias versiones de la realidad.

No estamos necesariamente desconectados.

Estamos hiperconectados y, al mismo tiempo, fragmentados.

Tenemos más conversaciones que nunca. Pero no necesariamente tenemos más conversación pública. Porque conversar supone algo más que emitir mensajes. Supone aceptar que el otro puede decir algo que no sabíamos, supone que nuestra primera respuesta puede no ser la definitiva. Y lo más olvidado de todo, supone tiempo.

Y el tiempo es precisamente una de las cosas que la tecnología nos promete ahorrar.

¿Qué lugar ocupa el periodismo en esa plaza?

Quizás esta sea una de las preguntas más importantes para los medios de comunicación en los próximos años.

Ya no podemos aspirar a recuperar un antiguo monopolio de la información.

Tampoco sería deseable.

La sociedad cambió.

Las personas tienen más posibilidades de expresarse, producir contenidos y participar de la conversación pública que en cualquier otro momento de la historia.

El desafío es otro.

¿Cómo seguimos ayudando a construir lugares comunes?

¿Cómo conseguimos que una comunidad pueda reconocerse en ciertos hechos que comparte, aunque piense diferente sobre ellos?

¿Cómo podemos contribuir a que las personas no solamente encuentren información que confirma lo que ya creen, sino también información que les permita comprender aquello que otros están viendo?

En este sentido, el desafío sigue siendo el mismo que en 1915: no decirle a una comunidad qué debe pensar, sino ayudarla a tener algo sobre lo cual pensar. Y, sobre todo, algo sobre lo cual conversar.

Así lo expresaba, de manera mucho más literaria que lo que hoy soy capaz de escribir, el fundador Miguel González en el primer editorial de La Semana, publicado el 15 de agosto de 1915:

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“No enseñaremos a rezar, ni nos importará que recen los que saben. No nos inquietará que unos se crean hijos del Todopoderoso señor Dios de los Ejércitos y que otros reconozcan como único ascendiente al pacífico mono.”

Más allá del lenguaje propio de 1915, hay allí una idea que sigue siendo profundamente actual: no nos ha importado nunca que nuestros lectores piensen como nosotros, sino que piensen.

Y en ese mismo primer editorial aparece otra declaración que, 111 años después, resulta sorprendentemente vigente:

“Por otra parte, este periódico, desde hoy, es vuestro, lectores, es de Rancagua, de la provincia de O’Higgins. Cada uno de vosotros podrá decir: La Semana, es mi periódico, y tendréis más gusto en decirlo cuando lo veais realmente importante. Cuidadlo, corregidlo, cuando os parezca defectuoso.”

El fundador no solamente entregaba un periódico a sus lectores. Les entregaba también el derecho a exigirle.

Y quizás allí haya otra respuesta a la pregunta por el lugar del periodismo en esa plaza pública: un medio no existe solamente para hablarle a una comunidad. También tiene que estar dispuesto a escucharla.

Pero Miguel González fue todavía más lejos.

En aquel primer editorial escribió:

“La forma en que hoy entregamos La Semana al público, no es definitiva. Variará tan pronto como hayamos encontrado una mejor. El material será también mejorado cuando nuestros lectores sientan que han contraído, a su vez, la obligación de ayudarnos.”

Es difícil imaginar una declaración más clara sobre el cambio.

En 1915, el periódico ya sabía que su forma no era definitiva.

No sabían entonces que vendrían la radio, la televisión, los computadores, internet, las redes sociales y la inteligencia artificial.

Pero sí sabían algo que todavía parece esencial: que, si encontraban una forma mejor de servir a sus lectores, debían cambiar.

La noticia tampoco es la realidad

Aquí volvemos al principio.

Una noticia nunca ha pretendido ser la realidad completa.

Es una representación periodística de la realidad.

Antes de que una noticia llegue al lector alguien tuvo que decidir qué era relevante, buscar fuentes, comprobar antecedentes, determinar qué versiones eran confiables, ordenar la información y darle contexto.

La inteligencia artificial puede intervenir en buena parte de ese proceso.

Pero la herramienta no elimina la responsabilidad de decidir.

Porque si una máquina puede generar mil textos en el tiempo que un periodista necesita para escribir uno, el valor del periodista ya no puede estar simplemente en escribir más rápido.

Tiene que estar en saber qué escribir. Y quizás, todavía más importante, en saber qué no escribir.

Ahí vuelve a aparecer una vieja pregunta que acompaña al periodismo desde mucho antes de internet:

¿Por qué publicamos lo que publicamos?

Si producir información se vuelve cada vez más fácil, verificarla será cada vez más importante.

Si las máquinas pueden generar respuestas cada vez mejores, hacer preguntas relevantes será cada vez más valioso.

Si las plataformas nos permiten hablar con todo el mundo, pero cada vez resulta más difícil encontrarnos con quienes piensan distinto, quizás el periodismo tenga que recordar una de sus funciones más antiguas: construir espacios comunes.

Y si tenemos más medios que nunca para comunicarnos, quizás tendremos que recuperar algo que nunca debimos perder: la capacidad de conversar.

Tal vez esa sea una de las paradojas de nuestro tiempo.

Después de haber inventado máquinas capaces de hablar con nosotros, estamos descubriendo nuevamente el valor de hablar entre nosotros.

Después de haber conseguido producir contenido prácticamente sin límites, estamos comenzando a comprender que el verdadero desafío no es producir más. Es encontrar algo que valga la pena decir. Y, sobre todo, encontrar a alguien dispuesto a escucharlo.

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Los próximos 111 años de El Rancagüino no dependerán de que sepamos anticipar cuál será la próxima tecnología.

Dependerán de que sigamos haciendo aquello que ninguna tecnología puede hacer por nosotros: hacernos responsables de las preguntas que decidimos formular y de las respuestas que decidimos publicar.

¿Por qué publicamos lo que publicamos?

No tenemos una respuesta definitiva.

Y no nos complica que así sea.

Porque mientras sigamos haciéndonos esa pregunta, todavía estaremos haciendo periodismo.

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