Si usted es familiar a la comuna de Rancagua, esta historia le podría resultar conocida; y es que no se trata de un relato difícil de encontrar, pues sigue vivo y se puede ver en los muros, en los mosaicos que avanzan junto con la Avenida Bombero Villalobos, y en el relato que se ha traspasado de abuelos a nietos: la historia de aquella madrugada en que cientos de personas, con todo lo humano a cuestas en carretelas, se instalaron en estos terrenos y, al amanecer del 25 de febrero de 1961, izaron banderas en el más puro reclamo de dignidad.
Han pasado 65 años y son muchas las historias que se cuentan en los 19 pasajes que hoy conforman esta emblemática población del sector nororiente de Rancagua. Tan solo su sede social, actualmente ubicada en el pasaje 9, ha sido testigo de reuniones, celebraciones, campañas solidarias y velatones. Y fue allí donde, una tarde de febrero, a pocos días del aniversario número 65 de la población, un par de vecinos nos acompañaron para volver a contar la historia.
Eugenio Rosales, tiene más de 50 años en la población. Y si bien no ha estado en ella desde el inicio, guarda con especial esmero en su cuaderno toda la historia que hoy nos reúne a escuchar: “Lo que ocurrió aquí fue algo muy especial”.

Los “Sin Casa”
Corría el año 1961 y Chile se preparaba para recibir una cita planetaria; mientras Los Ramblers gestaban su éxito “El Rock del Mundial”, en Rancagua, que sería una de las cuatro sedes del Mundial de 1962, los esfuerzos se concentraban en el estadio de la Braden Copper Company —actual Estadio El Teniente de Codelco —. Sin embargo, mientras la ciudad se alistaba para recibir a los visitantes internacionales, cientos de vecinos seguían a la espera de respuestas.
No muy lejos del recinto deportivo, en la población Isabel Riquelme, surgía una de las tantas organizaciones vecinales que tomaron fuerza a finales de los años 50’s. Así, en 1959, nació el comité “Rosa Ester Rodríguez de Alessandri” —en honor a la madre del entonces presidente Jorge Alessandri— y que reunió a vecinos de la propia Isabel Riquelme, la Centenario o la antigua Población Cuadra con un objetivo claro: permitir a los vecinos acceder a una casa propia mediante una acción colectiva y ordenada.

Tras meses de trabajo, el comité, que pasó a ser denominado “Los Sin Casa”, logró un acuerdo con la Corporación de la Vivienda (CORVI), que contemplaba la venta de terrenos que podrían ser entregados una vez que los inscritos consiguieran el 50% o más del pago comprometido.
Los terrenos acordados, donde hoy se erige la población, se encuentran en el sector nororiente de Rancagua y fueron vendidos a CORVI por Felipe Salaya—según relata Eugenio Rosales: “Antes esto era una viña, por eso salimos tan buenos para la chicha”, recuerda entre las risas de sus vecinas.
Llegado 1961, la mayoría de los inscritos ya había superado la cuota exigida y comenzaron a presionar a los dirigentes para solicitar la entrega de los sitios. Sin embargo, la respuesta de la autoridad fue negativa. “No querían que este sector, camino a Machalí, Coya o Sauzal, se viera lleno de casitas autoconstruidas. Por aquí se suponía que iban a pasar los turistas y delegaciones. Les parecía que podía ser mal visto”, explicó Rosales.
Para los pobladores, aquello fue una injusticia. Pero no estaban dispuestos a aceptarla con resignación.
El 25 de Febrero

Era la mañana del 25 de febrero de 1961 y El Rancagüino titulaba: “¡Miles de personas se toman los terrenos!: Espectacular ‘invasión’ de 628 familias a los terrenos de CORVI en Rancagua”.
Sin teléfonos ni demasiados recursos; ante la presión de los pobladores los dirigentes tomaron una decisión. Algunos dirían que inspirados por la recién nacida población La Victoria de Santiago; no se sabe con certeza, pero lo concreto es que la determinación fue clara: la madrugada del 25 de febrero se ocuparían los terrenos.
No hubo discursos ni convocatorias públicas, la organización, según relatan los vecinos, no tuvo que tomar más que un par de días. Aunque se rumorea que, en la población Centenario, Enrique Leyton, dirigente del comité, recorrió las calles con una corneta de circo anunciando: “¡Vecinos, esta noche hay que ir a ocupar los terrenos!”.

Y lo hicieron. Desde distintos puntos de Rancagua e ingresando por diversos sectores del predio, cientos de familias comenzaron a llegar empujando carretillas, sobre carretelas con sacos, ollas y frazadas, pero también con banderas. Para muchos, fue una jornada inolvidable. Como recuerda Clementina Miranda, quien llegó siendo tan solo una niña: “Fue muy emocionante, algo que nunca se había visto en la ciudad. Porque fue una injusticia la que cometieron con la gente. Y yo lo cuento por mis padres, porque les prometieron una cosa y después se lo negaron. Por eso optaron por hacer la toma”.
Así, cerca de las cuatro de la mañana, el lugar ya estaba lleno de vida. Se improvisaron espacios y comenzaron a instalarse las familias que, al amanecer del 25 de febrero, izaron sus banderas y entonaron el himno nacional, sellando la fundación de la población bautizada por la jornada de la “espectacular invasión”.
“Aquellas dos mil personas que se lanzaron esta madrugada a conquistar un pedazo de terreno donde vivir, son un símbolo del anhelo de todo ser humano que busca un techo propio donde cobijarse con su familia”, cerraba la edición del 25 de febrero de 1961 de El Rancagüino.
La Población
La jugada maestra funcionó, pero cayó la noche y empezó el desafío mayor. “Al inicio, había que hacer cola para el agua porque solo habían un par de llaves, no había luz, así que había que funcionar con velas, con lo que se tuviera a mano. Y para empezar, las casitas que habían no eran casas: eran para sobrevivir nomás. Construidas con fonolas y maderas algo muy rudimentario”, recuerdan las vecinas
“Todos tenían su pedazo de terreno así nomás, sin cerrar. Uno pasaba por entremedio y llegaba al suyo. Pero nunca hubo problemas entre la gente. Eso sí, se vivió mucho tiempo sin luz y con escasez de agua”, cuenta María Angélica Acevedo, quién al igual que Clementina llegó siendo niña. Pese a ello, fueron justamente estas dificultades las que fortalecieron la solidaridad, pues desde la primera mañana, según relatan los pobladores y como registró por aquel entonces el propio diario:“en las improvisadas cocinas se calentaba agua para el desayuno y se hacían los preparativos para hacer más comida”.

El plato se compartía, los dirigentes golpeaban puertas y se contó incluso con el apoyo de autoridades de la época, como Mateo Mihovilovic, arquitecto quien llegó a ser alcalde de la comuna y que colaboró en la planificación de calles, el loteo y la posterior gestión de servicios básicos, que terminaron por concretarse entre los años 70 y 80’s.
Así, poco a poco y con esfuerzo, el campamento se transformó en población. Surgieron las juntas de vecinos, los clubes deportivos, llegó el alcantarillado y la electricidad se estabilizó. Las mediaguas se transformaron en hogares. Muchos aniversarios pasaron, como hicieron los carros alegóricos, las reinas de los pasajes y los campeonatos de fútbol: “El barrio se fue desarrollando para mejor”, asegura Eugenio.
Hoy, más de seis décadas después, la Población 25 de Febrero es un sector lleno de memoria. Ha visto pasar generaciones enteras, hijos y nietos que hoy caminan por las mismas calles donde sus padres y abuelos marcaron con estacas y levantaron techos y murallas.
Y así, mientras las historias continúan transmitiéndose de generación en generación, la población sigue recordando, en cada aniversario, aquella madrugada silenciosa en que cientos de familias decidieron que la dignidad no podía seguir esperando.
