Las experiencias de estudiantes lejos de casa no siguen un único recorrido. Ocho jóvenes de O’Higgins y Ñuble cuentan qué cambió al trasladarse, vivir en una residencia o sostener una carrera con la familia a varias horas. Sus relatos hablan de transporte y dinero, pero también de identidad, vínculos y aprendizajes cotidianos.
Las voces se mantienen reunidas porque el contraste es parte de la historia. No representan a todo el estudiantado ni ofrecen una receta: describen decisiones personales y apoyos disponibles en circunstancias concretas.
Cuando la residencia cambia el tiempo disponible
Máximo González: de Placilla a Psicología en la UOH
Máximo González debía ajustar su jornada a la movilidad entre Placilla y Rancagua. Acceder a una residencia de la Universidad de O’Higgins le permitió recuperar tiempo, asumir tareas domésticas y formar una red con otras personas. La independencia, dice su experiencia, se construyó junto con el apoyo institucional y la convivencia.
Cristofer Gómez Leyton: Palmilla, el campo y Medicina Veterinaria
Cristofer Gómez Leyton, de 19 años, estudia segundo año de Medicina Veterinaria en el Campus Colchagua de la UOH. Creció vinculado al ganado de su familia en Palmilla y la oferta limitada de transporte condicionaba sus horarios. Vivir en una residencia universitaria le exigió organizarse y le dio mayor autonomía para continuar la carrera.
Diego Pardo Cornejo: de Paredones a Administración Pública
Diego Pardo Cornejo cursa segundo año de Administración Pública en la UOH. Salir de Paredones significó pasar de una localidad pequeña a una ciudad y aprender nuevas formas de convivencia. La residencia no borró su identidad territorial; le permitió llevarla a un espacio compartido con estudiantes de otros lugares.
Las primeras semanas en un hogar compartido
Monserrat Ibacache Arce: extrañar también forma parte del comienzo
Monserrat Ibacache Arce, de 18 años y proveniente de Palmilla, comenzó Técnico en Enfermería en el Instituto Profesional Santo Tomás Rancagua. La separación de su hermana, su mascota y sus rutinas le produjo tristeza durante los primeros días. El hogar femenino y el contacto con su familia fueron centrales para adaptarse sin negar lo que extrañaba.
Morelia Andrea Leiva Silva: dos horas de buses desde Pichidegua
Morelia Andrea Leiva Silva, de 20 años, cursa segundo año de Técnico en Podología Clínica en Santo Tomás. Antes de ingresar a la residencia enfrentaba cerca de dos horas de viaje desde Pichidegua. El cambio despertó temor, pero la convivencia y el aprendizaje de nuevas responsabilidades hicieron más sostenible su rutina.
Carla Álvarez Herrera: convivir para crecer
Carla Álvarez Herrera, de 20 años, estudia tercer año de Servicio Social en Santo Tomás y también proviene de Pichidegua. Llegar con una amiga del liceo facilitó la transición. Con el tiempo, compartir con otras residentes amplió sus vínculos y convirtió las tareas del hogar en una parte concreta de su crecimiento personal.
El costo físico y emocional de viajar
Mykaela Monserrat Soto: una jornada de hasta cinco horas
Mykaela Monserrat Soto, de 21 años, estudia Técnico en Veterinaria y Producción Pecuaria en Santo Tomás Rancagua. Desde Peralillo podía pasar hasta cinco horas viajando y gastar hasta 20 mil pesos en una jornada, según su testimonio. La residencia redujo esa carga, aunque la distancia de su hermano, la familia y sus animales exigió cuidar los vínculos y reconocer el impacto emocional del cambio.
Bárbara Vejar Núñez: una trayectoria larga entre ciudades
Bárbara Vejar Núñez, de 30 años y originaria de Pinto, Región de Ñuble, cursa séptimo año de Medicina en la UOH. Antes vivió en Santiago y se trasladó a O’Higgins en 2020, en un periodo marcado por la enseñanza remota. Durante los años de internado sus visitas al hogar se espaciaron hasta aproximadamente cada tres meses. La organización del tiempo y una vida más allá del estudio se volvieron esenciales para sostener una formación extensa.
Lo que las ocho historias tienen en común
En todas aparece un aprendizaje que no cabe en la malla curricular: preparar comida, distribuir gastos, respetar reglas, pedir compañía, reconocer el cansancio y decidir cuándo viajar. La autonomía no se presenta como aislamiento, sino como la capacidad de resolver y, al mismo tiempo, apoyarse en otras personas.
También cambia la relación con el lugar de origen. Volver durante un fin de semana permite reencontrarse con la familia, los animales y las costumbres, pero obliga a calcular pasajes y horas disponibles. Quedarse puede favorecer el descanso o el estudio y, a la vez, intensificar la sensación de distancia.
Las residencias estudiantiles de la UOH y el hogar femenino de Santo Tomás corresponden a programas distintos. Sus requisitos y disponibilidad deben consultarse en las piezas específicas y verificarse con cada institución. Los testimonios describen la experiencia de quienes participaron; no garantizan acceso ni resultados equivalentes.
La guía principal sobre estudiar lejos de casa reúne el contexto de transporte, salud mental y redes. Para orientación emocional, la entrada especializada explica señales y canales de ayuda sin convertir estas vivencias en diagnósticos.
