La opinión de Manuel Polgatiz, periodista y comentarista deportivo.
Dicen que en la cancha o en algún del recinto hay gatos enterrados, que generarían una especie de maleficio deportivo. Una nutrida cantidad de personas, rancagüinos sobre todo, creen que desde su inicio el complejo ha estado plagado de malas vibras y nulos éxitos.
La costumbre parroquiana aduce que en su construcción e inauguración en el año 1945, los gringos de la Braden Cooper Company, le echaron mala onda al complejo, solo porque debían entretener a sus trabajadores y el negocio de la minería quedaba de lado sin la alta producción como les gustaba a ellos.
Avanzado el tiempo, otros sostienen, absurdamente, que un penal lanzado por el expresidente Sebastián Piñera, en el arco norte, sería la causa de todas las tragedias. Lo cierto es que ninguno de los relatos, posee argumentos sólidos como para sustentarse en la realidad y no pasan de ser meras anécdotas creadas para justificar los fracasos humanos.
El Parque y Estadio El Teniente, que ahora tiene otro nombre sin sello en la comunidad, es historia pura y no “mufa” irrisoria. Sus cimientos están en las entrañas mismas de la mina subterránea. Allí subyace la tarea de antiguos funcionarios de Codelco, que pusieron plata de su bolsillo para costear las graderías.
De madera y en guerra constante contra las termitas. Con casetas de prensa infernales frente al sol y murallas de bajo tamaño en avenida Freire. No pocas veces con amigos de infancia, saltamos la barrera de cemento, sin pagar la entrada obvio, para ver a la “Celeste”.
Incendio en la marquesina; casino en movimiento en medio de los partidos (muchos viejos se quedaban empinando el codo y no volvían al segundo tiempo); casas habitacionales colindantes pegadas al marcador; piscina de lujo y gimnasio para dueñas de casa; pista atlética fea de cenizas y camarines con túnel tétrico para los deportistas.
Eso fue El Teniente y es digno de destacar para no perder la perspectiva, sin dejar de señalar que fue una de las sedes en el Mundial de Fútbol 1962. Por eso cuando sufrió su segunda remodelación a cargo, entre otros, de mi amigo el Seremi del Deporte, Diego Ramírez, el destino cambió.
Llegaron los estándares internacionales y los palos ya podridos, mutaron hacia cómodas butacas individuales. Se hizo la luz led y el césped se transformó en alfombra para el fútbol nacional. Todos los equipos querían disputar sus partidos en la capital regional porque la comodidad se hizo habitual.
Pasaron campeonatos sub 17, sub 20, cotejos femeninos, copa Libertadores, Conmebol, Sudamericana, selecciones chilenas adultas, conciertos musicales (me acuerdo haber visto al grupo La Ley en su naciente apogeo) y navidades coloridas, sin olvidar los desfiles para celebrar el cumpleaños de Rancagua.
Raya para la suma, El Teniente es un punto de encuentro social y familiar. El “Templo de Ilusiones” que de cada vez en cuando, reúne alegrías y tristezas pero que nos invita a ser parte de la fiesta que siempre organiza. Hoy recibe con brazos de cobre a Francia, Nueva Caledonia, Sudáfrica y Estados Unidos, que sabrán de su importancia y reconocerán el valor que muchos no le dan.
Felicidades querido El Teniente, como antes, otra vez le das la bienvenida a un mundial.
