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El Rancagüino
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Cultura

Historia de Rancagua CAPITULO I : UN PUEBLO DE INDIOS DE NOMBRE INMORTAL

LA LLEGADA DEL HOMBRE

 

Cuarenta mil años antes de Cristo, un animal extraño comenzó a llegar por el extremo norponiente de lo que es hoy Norteamérica, o más propiamente, por Alaska, atravesando el estrecho de Boering, verdadero puente natural de islas, unidas por un mar helado, al finalizar la Era Glacial.

Aquel extraño animal, llamado hombre, que caminaba erguido sobre sus extremidades traseras, venía siguiendo la huella de los grandes mamíferos, su fuente principal de alimentos. A su vez, éstos caminaban lentamente, en busca de pastos para comer y de agua para beber.

A través de cientos de años, las tribus nómadas formadas por esos seres, comenzaron a bajar por el mapa de la futura América, tras los animales, tras los pastizales, tras de la fuentes de agua, ríos, riachuelos, lagunas, o, tras los árboles que podían brindarles sus frutos.

Muchos se fueron quedando por el largo camino. Otros siguieron descendiendo por la línea de la costa, varios por el centro, algunos hasta donde terminaban las tierras y comenzaba otro mar. Y siguieron caminando o quedándose para siempre, formando rudimentarios poblados y dando nacimiento, con el transcurso de los siglos y milenios, a diferentes y primitivas civilizaciones.

Algunos se convirtieron en “pieles rojas” en la América del Norte. Otros fueron aztecas, en el México actual. Muchos dieron origen a los mayas, en Centroamérica o Yucatán. Los unos se quedaron entre selvas impenetrables, guardando celosamente sus más antiguas costumbres de cazadores. Hubo quienes formaron sus caseríos al borde, a lo largo de las grandes corrientes fluviales, especialmente del Missisippi o del Amazonas. Los que llegaron a la zona andina peruana formaron el Imperio de los Incas. Otros se dispersaron por las pampas argentinas y hubo, al fin, grupos más pequeños, como empujados por los otros, que se descolgaron entre la mole de los Andes y el mar atemorizante, para quedarse en grupos o familias, en cada valle y en cada rincón, hasta llegar a la helada Patagonia, a la Tierra del Fuego, detenidos, por último, por el frío del hielo y porque la tierra terminó.

 

 

 

 

 

HACE ONCE MIL AÑOS:

EL HOMBRE Y LA BESTIA

 

Un gigantesco mastodonte, el terrible elefante antediluviano, de enormes y afilados colmillos, de estatura gigantesca, de poderosa y demoledora trompa, fue perseguido y acorralado, junto a la Laguna de Tagua – Tagua por un enjambre de aquellos hombres del valle de Cachapoal, que parecían pigmeos al lado de la inmensa bestia.

El animal, apedreado, picaneado, hostigado con lanzas y flechas por aquellos movedizos y ágiles hombrecillos, que lanzaban agudos gritos, llegó hasta las orillas de la gran laguna y trató de meterse en las aguas.

Pero, las pantanosas riberas entorpecieron el movimiento de la pesada bestia. De pronto, quedó con sus patas inmovilizadas, metidas en el barro y hundiéndose lentamente. Inútiles fueron sus enormes fuerzas. Inútil su batir de trompa. Inútiles sus estremecedores bramidos. El hombre había ganado, una vez más, su eterna lucha contra las bestias, por la sobrevivencia.

La tribu tuvo carne para muchos días. La muerte del mastodonte fue una fiesta, pese a que varios de esos valientes cazadores fueron alcanzados y destrozados por la trompa del feroz animal.

La escena descrita ocurrió hace once mil años. No había diarios que registraran el acontecimiento, ni cámaras que lo filmaran para la posteridad.

Pero, once mil años más tarde, un grupo de arqueólogos del Museo de Historia Natural de Chile, pudieron hacer una vívida descripción de lo ocurrido. Con su ciencia y su paciencia, en lentas y agotadoras jornadas, cavaron, en 1969, el seco lecho de la antigua Laguna, cercana a la actual ciudad de San Vicente de Tagua-Tagua, en la Región el Libertador Bernardo O’Higgins.  Allí encontraron pedazos de huesos, piedras labradas, restos de hogueras, minúsculos testimonios que, sometidos al proceso del carbono 14, dieron la fecha más o menos exacta de aquellos vestigios humanos y animales: diez mil años antes de Cristo.

 

 

EN EL VALLE DEL CACHAPOAL

 

Fue así como algunos de esos grupos decidieron quedarse a lo largo de un río que bajaba, rugiendo, desde las cumbres andinas, uniendo afluentes, recogiendo arroyos, tomando aguas que sabían del secreto del corazón rojo de algunas montañas, incorporando las que brotaban calientes desde las rocas profundas, hasta deslizarse suavemente por un extenso y hermoso valle, antes de unirse a otra corriente hermana para continuar, cantando en susurros, hasta un enorme mar.

Alguien un día denominó a este río y a este valle, con el nombre suave de Cachapoal. Se dieron cuenta de que era un Río Loco, imposible de cruzar en algunos inviernos, pero convertido en débil hilo de agua en períodos de sequía, y siempre ansioso de abandonar su cauce, a veces por la ribera norte, otras por la ribera sur, para extenderse libremente por los campos, sin importarle el temor de los hombres que veían perderse sus rústicas viviendas o aún sus propias vidas en cada inesperada inundación.

Siempre hubo una incógnita, que a ellos nunca les interesó descifrar. ¿Efectivamente vinieron caminando desde el lejanísimo norte ártico?… ¿O llegaron en balsas desde el otro lado incógnito del Océano?… ¿O crecieron solos, como el césped, cuando así lo quisieron los Dioses llegados desde más allá del Sol?…

Lo cierto es que, a lo largo del valle comenzó a florecer la vida del hombre. Algunos se dedicaron, como venían haciéndolo desde tiempos inmemoriales, a perseguir animales para matarlos y comer su carne y pulir sus huesos. Otros se limitaban a recolectar los frutos que les daba gratuitamente la naturaleza en árboles y arbustos. O comían sabrosos tallos de plantas, o raíces, o tubérculos que arrancaban arañando la tierra. Comían también los peces del río y de la laguna, que lograban atrapar con mucha paciencia e ingeniosas artes.

Aprendieron a golpear la piedra para hacer saltar la chispa que producía el fuego. O a golpearlas, para darles variadas formas, fáciles de lanzar contra el animal perseguido, o con una perforación al centro, de múltiples uso, o con una cavidad para recoger el agua. O hicieron cavidades del tamaño de un puño sobre grandes rocas planas, para allí moler los granos con otra piedra o para recoger el agua que caía del cielo.

A lo largo del río fueron naciendo pequeños y rústicos caseríos o más bien, agrupaciones, que algún día tomarían un nombre, de esos que aún suenan en nuestros oídos en forma parecida a como eran pronunciados por los aborígenes, cuando ya dominaron el lenguaje. Y se llamaron Rancagua. O se llamaron Machalí, o se llamaron Coínco, o Copequén, o Doñihue, o Guacarhue, o Malloa, o Pelequén, o tomaron el nombre de la gran laguna encantada de Tagua-Tagua.

El hombre del valle del Cachapoal tenía todos los días algo en que ocuparse para poder sobrevivir y para inmortalizarse, sin saberlo, a través de esos hijos, que llegaban de pronto desde el vientre de una mujer, ocasional o permanente compañera, y que aprendían de sus padres a ocultarse del puma feroz, del mastodonte avasallador, del reptil ponzoñoso. Más tarde aprenderían a hacerles frente, a matarlos si era necesario, para defenderse, para comerlos o para aprovechar sus pieles y sus huesos.

Aprendieron también, poco a poco, a mantener vivo el fuego, defensa contra el frío y milagroso transformador de los alimentos. Aprendieron a cubrir sus cuerpos, a juntar maderos, totoras, ramas secas, para improvisar refugios que más tarde en el tiempo serían viviendas.

El hombre del Cachapoal se identificó, en cierta zona, con el que vivía en aquel lugar cubierto de carrizos, a la orilla del río. Aquel carrizal fue alguna vez llamado Rancagua, lugar de carrizos, apropiados para esconderse, útiles para sorprender la presa, para buscar con facilidad el agua y para arrancarlos y construir con ellos sus rústicos refugios.

El valle del Cachapoal y el valle de Rancagua, se unían en indiferente denominación, cuando el hombre comenzó a considerarlos como sus propios terrenos de caza y permanencia.

 

 

 

EL “HOMBRE DE CUCHIPUY” O “EL HOMBRE DE CACHAPOAL”

 

En 1978, un grupo de investigadores del Departamento de Ciencias Sociológicas y Antropológicas de la Universidad de Chile, comenzó a trabajar en un lugarejo denominado Cuchipuy, en los alrededores de la antigua laguna de Tagua-Tagua. La dueña de un fundo había informado que en dicho sitio se encontró un cráneo humano.

Así comenzaron las excavaciones, con estricto rigor científico, que llevaron al descubrimiento del más antiguo de los cementerios hallados en Chile, y que estaba formado por cuatro niveles, o estratos, correspondientes a distintas épocas.

Varios esqueletos, casi completos y unas doscientas osamentas humanas, fueron rescatados cuidadosamente, para que no se deshicieran entre los dedos de los arqueólogos. Enviados algunos de esos restos a los Estados Unidos, para ser sometidos al procedimiento del carbono 14, la respuesta dejó asombrados a los científicos: tenían 8.070 años de antigüedad.

Bautizado como “el hombre de Cuchipuy”, el lugar quedó inmortalizado, ya que se convirtió en ese momento, en el vestigio más remoto de la existencia humana en nuestro territorio. Junto a los restos fueron desenterrados, además, algunos rudimentarios artefactos construidos por las manos del hombre, como puntas de lanzas, especies de morteros, piedras para moler, primitivas cerámicas, adornos de huesos o de conchas, etc.

El más completo de los esqueletos, “el hombre de Cuchipuy”, de sexo masculino, medía alrededor de un metro y 70 centímetros, tenía un cráneo angosto y largo y debe haber poseído rasgos faciales mongoloides El “hombre de Cuchipuy” no era un ente aislado. Formaba parte de un grupo humano. De un grupo que se avecindó en las orillas de la laguna de Tagua-Tagua, que debe haber sido un lugar hermoso, idílico, con exuberante vegetación. Un paisaje parecido al que todavía se ve en las zonas tropicales americanas.

Pero tampoco aquel grupo era único. Muchos otros, semejantes, se encontraban a lo largo del valle del Cachapoal. Seres como el hombre de Cuchipuy vivían de la fertilidad  que les daba la tierra bañada por el río loco. El hombre de Cuchipuy, era, en realidad, “el hombre del Cachapoal”. Igual a los que vivían unas cuantas leguas más al oriente., en el sitio que alguna vez sería llamado Rancagua.

 

 

 

ENTRE EL MIEDO Y LA LIBERTAD

 

Aquel valle era muy hermoso. Los seres que lo habitaban vivían en plena libertad, sin leyes que los rigieran, salvo “la del más fuerte”. La escena que nos describieron los arqueólogos, sobre la cacería de un mastodonte en la gran laguna, pudo haber tenido semejanza con otras escenas, a lo largo del valle. Aquellos cazadores, que demostraban su valentía luchando contra inmensas fieras, vivían, sin embargo, permanentemente, amenazados y temerosos, en medio de su libertad.

 

Eran libres absolutamente. Podían moverse adonde quisieran. Podían cambiar de lugar de residencia, pensar hasta donde sus propias facultades los limitaban, amar salvajemente, con toda la plenitud de sus instintos. Pero tenían que vivir siempre alertas. Con el ojo avizor y el arma en la mano, en un mundo en el que el terror lo imponían los grandes animales, como el mastodonte, el mamut, el tigre dientes de sable, el caballo salvaje, el fiero puma, las serpientes, y tantos otros también en permanente lucha por sobrevivir.

Cuando los hombres lograban cazar a alguna de aquellas bestias, podían saciar su apetito, podían aprovechar sus huesos y obtener sus pieles para cubrirse de los rigores de los inviernos. Porque el tiempo, el clima, era también muchas veces el enemigo. Los torrentes del cielo se desencadenaban implacables sobre ellos. El Cachapoal, el río loco, arrasaba muchas veces sus rudimentarias viviendas y devoraba sus cuerpos como si también fuera un animal.

El trueno y los rayos los llenaban de terror. Pero el sol era su amigo: les daba luz, entibiaba sus cuerpos ateridos y hacía nacer las hierbas y madurar los frutos. Sin embargo, aún en los días más plácidos o en las noches más tibias, de pronto, aquella tierra e la que vivían pegados, se volvía loca, y danzaba, danzaba, danzaba… se remecía violentamente, lanzaba las grandes rocas desde lo alto de las montañas. Se quebraba, se abría, en un frenesí aterrador e inexplicable… Pasado el rigor del terremoto, los cuerpos de los hombres del Cachapoal seguían temblando…

Y ocurría en otras ocasiones, que las altas montañas abrían sus fauces y lanzaban, furiosas, todo el fuego que tenían dentro. El humo obscurecía al sol, la ardiente lava arrasaba las laderas y las lluvias de cenizas cubrían el valle con su capa, mientras el hombre de Rancagua buscaba inútilmente dónde guarecerse de la desconocida amenaza.

Por lo menos una vez, la tierra quedó completamente cubierta, por más de un metro, por aquella ceniza gris que mataba hombre y animales y plantas y a la cual pocos pudieron escapar y sobrevivir.

 

 

LOS HOMBRES DE RANCAGUA

 

Los hombres de Rancagua, continuaban su plácida existencia en las orillas del caudaloso Cachapoal. Pero un día cualquiera de la prehistoria llegaron otros hombres desde el norte. Se produjeron inevitables choques. Todo extraño era recibido con natural reticencia y con lógico temor. Hasta que al fin el tiempo amalgamaba las diferentes culturas y costumbres. Los hombres de este valle siempre aprendían algo de los que llegaban.

Se produjeron así las invasiones que los historiadores especializados han estudiado en detalle. Hablan de la llegada de los “pehuenches”, por ejemplo, y de los petroglifos que dejaron como recuerdo de su permanencia y de su paso por el valle del Cachapoal.

Hasta hoy están muchos de esos petroglifos casi intactos, desafiando a los que intenten descifrarlos y sean capaces de comprender esos mensajes que vienen desde el lejano pasado y que tienen miles de años. Allí, cerca de lo que es hoy Pangal están las enormes piedras en donde la mano de un hombre primitivo dejó escrito su testimonio para la posteridad.

 

 

LAS PIEDRAS HORADADAS

 

En otro día de la prehistoria llegaron los hombres que acostumbraban a horadar piedras y que enseñaron a repetir tan extraño trabajo. Son muchas las piedras horadadas que han sido encontradas en el valle de Rancagua, como en toda la zona central chilena. Cada una representa un enigma. Los estudiosos le han dado diversas interpretaciones. Se cree que tenían diversos usos. Podían servir como arma en la mano del hombre que las empuñaba pasando los dedos por el hoyo de la piedra. Podrían servir para moler granos sobre otra piedra. También podrían haber sido utilizadas como martillos para golpear.

Hay quienes han creído que sirvieron como monedas primitivas. Otros le han dado una interpretación religiosa: los primeros agricultores las habrían usado para diseminarlas en los campos y asegurar su fertilidad. Serían, en tal caso, representaciones fetichistas de la fecundidad femenina.

De más o menos la misma época sería la costumbre de hacer pequeñas excavaciones en rocas lisas que hoy se conocen con el nombre de “piedras tacitas”. También los estudiosos se han dedicado a elaborar teorías para decirnos qué objeto tenían. Es posible que sirvieran para recoger el agua de las lluvias. O también se habrían utilizado para echar en ella los granos y molerlos. Han dicho algunos que pudieron servir para fines religiosos y aún para sacrificios humanos. Otros, creen simplemente que servían para comer en ellas, colocando los alimentos en el hueco.

 

 

SUCESIVAS INVASIONES

 

Los historiadores nos cuentan de otras invasiones y de otras culturas que llegaron en algún día hasta la zona central y que abarcaron al valle de Rancagua.

Sucesivamente se habría extendido hasta acá la cultura del Tiahuanaco, desde el Altiplano contiguo al Lago Titicaca. Igualmente habría llegado la cultura de los diaguitas, que dejaron como muestra de su presencia, los restos de cerámica que han sido encontradas en tierras de este valle. La cultura atacameña y aún la Chincha (del Perú) habrían llegado igualmente hasta este valle y sobrepasado hacia el sur su zona de influencia.

 

 

LOS PROMAUCAES

 

En algún momento, a los hombres de estos valles se les llamó “promaucaes” o “promocaes”, que quiere decir algo así como “bailarines libres”. Se dice que estos hombres se caracterizaban por ser alegres, pacíficos y que ocupaban la mayor parte de su tiempo en fiestas y en bailes.  En todo caso, eran muy diferentes a los hombres del sur, pendencieros y guerreros.

El Padre Alonso de Ovalle, en su famosa “Histórica Relación del Reyno de Chile”, dice de la esta gente: “Todo lo que encierran entre el Maule y los de Rapel, Cachapoal y Tinguiririca, llamaron los Indios promocaes, que quiere decir lugar de bailes y alegrías. No se engañaron en esto, porque verdaderamente les viene ajustado el nombre”.

 

 

LLEGADA DE LOS INCAS

 

La Era Cristiana ya estaba avanzando en el Viejo mundo, cuando comienza a extenderse hasta la zona central chilena el Imperio de Tahuantinsuyo, al que habría de seguir el Imperio de los Incas que tenía su capital en el Cuzco.

La primera invasión, de acuerdo con algunos historiadores, debe haberse producido alrededor del año 1460, bajo el reinado de Tupac Yupanqui. Otros fijan la fecha por el 1440. Santillana, citado por León Echaiz, dice: “Después de avanzar hasta el Cachapoal, se volvieron, por haber llegado a una provincia que dicen de los promaucaes, gente poco aplicada al trabajo y de poca capacidad y así los dejaron por cosa perdida”

.Inesperado acontecimiento para los hombres del valle del Cachapoal, para los hombres de Rancagua, que venía a romper la plácida monotonía de sus vidas. Aquellos otros hombres, vestidos extrañamente, a los que llamaban “incas” o “huincas”, pretendían someterlos, pero fueron resistidos.

Algunos años más tarde, 1485 dicen algunos historiadores, llegó la segunda invasión incásica, bajo el reinado del hijo del Inca Yupanqui: Huaica-Capac. Cruzaron el caudaloso Maipú y entraron a las tierras del Cachapoal. Los promaucaes los miraban con estupor y trataban de esconderse. Pero los incas continuaron, cruzaron también las fieras aguas del Cachapoal y pretendieron seguir su camino. A diez leguas de distancia encontraron inesperada resistencia y se entabló una fuerte lucha. Lograron, sin embargo, dominar a esos promaucaes inesperadamente belicosos y siguieron avanzando hasta llegar a las anchas orillas del Maule. Allí, los huillinches les pusieron una férrea barrera humana. Los incas prefirieron llegar sólo hasta esas riberas.

 

 

LAS HUELLAS DE LOS INCAS

 

Medio siglo aproximadamente duró la dominación de los Incas sobre los hombres del Cachapoal.  Cincuenta años que dejaron una profunda huella.

V. Naranjo J. dice: “En esta zona, la raza es por lo general mesaticéfala, pero demuestra señas de varios orígenes diferentes; se nota la influencia de la conquista y ocupación incásica, no sólo en la modificación del tipo étnico, sino también en el dialecto, las supersticiones, tradiciones y costumbres del pueblo. La antropología de esta región demuestra una probable fusión de los pueblos prehistóricos con los conquistadores peruanos, quienes tenían establecidos numerosos “mitimaes” o colonias de diversos orígenes”.

Muchas cosas aprendieron los hombres de estas tierras de aquellos que vinieron a conquistarlos. Y en el valle del Cachapoal hubo manos que sembraron el maíz y la quínoa y otras más hábiles, le dieron forma a la greda y a la arcilla. Los primeros cántaros confeccionados por artistas de esta tierra fueron semejantes a los que otras manos hacían en el viejo Perú de los Incas. Pero también los invasores ordenaron la vida de los indígenas del Cachapoal y demás tierras del centro de Chile. Nombraron “curacas”, funcionarios investidos de cierto poder. Uno de ellos fue el de Copequén, en donde existía uno de los más importantes caseríos.

Los incas también construyeron puentes colgantes con gruesos cables de fibras. Ellos deben haber construido el primer puente sobre el Cachapoal. En los caminos, cada cierta distancia, calculada seguramente por lo que demoraba un hombre a pie, construyeron unas casas grandes, de varios aposentos, que llamaron tambos (del quechua “tampu”), especies de posadas en donde había alimentos, agua y aún hombres-correos. Cerca de Malloa existió uno de esos tambos y hasta hoy día el lugar se conoce como El Tambo. Otro hubo a las orillas del Tinguiririca.

También construyeron fuertes, en los que utilizaron tierra y piedras. Uno estuvo en Angostura. Otro a orillas del río Cachapoal, a la vista de los hombres de Rancagua. Uno de los últimos, en total ruina, que fuera descubierto, es el notable Pucará de La Compañía., sobre el alto del cerro, frente a la actual Iglesia de La Compañía, cerca el pueblo de Graneros.

Los incas no tenían finalidades guerreras en sus conquistas. Antes bien, deseaban convivir en paz con los aborígenes y enseñarles sus conocimientos. Les imponían sí contribuciones para el Inca. Fundaron colonias o “mitimaes”. Fueron importantes los que establecieron en Angostura, en Machalí, en Tagua-Tagua y en Pelequén.

De la existencia de fuertes, dio testimonio el Abate Molina hablando del Cachapoal: “Se ven hasta ahora sobre una colina cortada perpendicularmente, los restos de una fortaleza de estructura peruana, que sin duda cubría por aquella parte las fronteras del imperio contra los ataques de los indómitos promaucaes”.

En Tagua-Tagua existe hasta ahora el llamado Pueblo de Indios y el cerro de los Incas. Enseñaron a los naturales el culto del sol. En Malloa, sobre un costado de piedra del cerro, mirando hacia el oriente, pintaron soles que hasta hoy se pueden ver y que han causado la admiración de viajeros y de arqueólogos.

Enseñaron a cultivar la tierra y para regarla, construyeron canales. Uno de esos canales salía desde el lugar en que se juntaron los ríos Cachapoal y Tinguiririca. Les enseñaron también los rudimentos de la minería, para explotar el oro, la plata y el cobre, de que eran pródigas estas tierras y sus montañas.

Igualmente les enseñaron a mantener a los animales en corrales y construyeron murallas de piedra que llamaron “pircas”. Entre otros conocimientos, les transmitieron también el de los tejidos, para hacer rústicas vestimentas y les mostraron que para defender los pies desnudos, podían fabricar “usutas”, palabra que derivó más tarde al nombre de “ojotas”.

Fue beneficiosa la influencia incásica para los hombres del valle del Cachapoal. Sus enseñanzas, sus costumbres, perdurarían a través de los años. La conmoción que causara la llegada de los extraños desde el norte, fue desapareciendo paulatinamente y la vida comenzó a deslizarse en un nuevo plano para los hombres de esta tierra.

 

 

 

LA LLEGADA DE LOS HOMBRES BLANCOS

 

Pasaron los años sobre el apacible valle de Rancagua. Hasta que un día, una noticia parecida a la que se oyó en el pasado, volvió a repetirse y corrió de boca en boca, de caserío en caserío, de mitimaes a tambos. Desde el norte llegaban los primeros y confusos rumores de una nueva invasión de huincas, que se estarían estableciendo en las orillas del río Aconcagua.

La noticia tenía ahora ribetes extraños, increíbles. Estos nuevos huincas eran diferentes a los anteriores. Se decía que eran muy pálidos, con el rostro blanco y la cara cubierta de pelos, con vestidos relucientes y con unos raros artefactos que producían truenos. Algunos de esos seres tenían estaturas gigantescas y cuatro robustas patas, como los pumas o los hueques (llamas), o los huemules. El rumor les daba caracteres sobrenaturales, que llenaron de temor a los hombres del valle. Sólo más tarde, la observación minuciosa y el transcurso del tiempo les haría comprender que esos gigantes se dividían en dos partes: la de arriba era un huinca y la de abajo un animal extraño, como un gran huemul, al que llamaban caballo.

Para aquellos invasores, que contaban el tiempo por la Era Cristiana, corría el año de 1536. Don Diego de Almagro, con su expedición, había salido del Cuzco casi un año antes. Penosamente había cruzado la cordillera y había logrado llegar hasta el Aconcagua. Allí hizo un alto y envió a uno de sus lugartenientes, Gómez de Alvarado, con 70 jinetes y 20 infantes a efectuar un reconocimiento hacia el sur.

Los extraños invasores cruzaron el “río de los lugares pastosos”, el fiero Cachapoal con sus orillas cubiertas de carrizos, tal como lo habían hecho muchos años antes los huincas de Yupanqui. Los hombres de este valle los miraron pasar, ocultos entre las breñas, entre los carrizos y entre los arbustos. Contemplaron cómo las aguas del “río loco” no los arredraron, y siguieron su marcha hacia el sur.

Más tarde supieron que sus hermanos de ocho leguas más al sur habían luchado contra los nuevos huincas. Después los vieron volver, cruzar nuevamente el Cachapoal y perderse hacia el norte. Diego de Almagro supo que estas tierras que le habían dicho eran muy ricas, aparentemente no contenían riqueza alguna. Cruzó por pacíficos mitimaes. Vio los tambos y pernoctó en ellos. Examinó los rústicos fuertes de piedra y logró capturar a algunos de los tímidos promaucaes o pichunches, sin obtener de ellos dato alguno sobre existencia de minas de oro.

Fue sorprendido por el más crudo de los inviernos y por terribles inundaciones. Los ríos se salieron de sus viejos cauces, como para demostrar su aversión hacia los extraños.  La naturaleza toda se volvió hostil contra el invasor. Almagro tuvo la mala suerte de que la zona central de Chile lo recibiera en uno de sus raros períodos de inviernos extraordinariamente lluviosos, fríos y aún con alguna de las raras nevadas en los valles. Se regresó, desilusionado, pleno de amargura, hacia el Perú, con los restos de su expedición, hombres cubiertos de harapos, (los “rotos” de Chile) contando que las tierras del sur eran inhabitables y pobrísimas.

 

 

 

DON PEDRO DE VALDIVIA

 

Pocos años más tarde, que para los nuevos invasores era el 1541, los hombres blancos volvieron, llegaron hasta el valle del río Mapocho e instalaron su campamento junto al pequeño cerrito Huelén. Esta vez el jefe de la expedición era don Pedro de Valdivia, que solemnemente fundó la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo el 12 de febrero de aquel año de 1541.

Instalado y después de un necesario descanso de varios días, Valdivia envió a un grupo de hombres a explorar más al sur del Maipú. Los hombres del valle del Cachapoal se habían organizado para resistirlos. Cuando el grupo llegó a las orillas del Cachapoal, fue ruidosamente atacado. Los españoles se defendieron bravamente, retrocediendo, logrando enviar a todo caballo un mensajero hasta el Mapocho para informar de lo sucedido. El propio Valdivia, con más hombres, galopó en auxilio de su avanzada. Logró derrotar a los picunches, que sin embargo, rehicieron sus filas y lo persiguieron hasta el Maipo en donde se trabó un nuevo combate.

 

 

EL ATAQUE AL INVASOR

           

Pero nada pudieron los hombres de este valle contra los poderosos huincas. Muchos de los mocetones de estas tierras cayeron muertos y muchos otros quedaron heridos. A mediados de 1541, don Pedro de Valdivia ya estaba en plena posesión del valle del Mapocho, pero no podía decir aún que tenía pleno poder sobre sus primitivos habitantes.

Al asombro que causó su presencia, siguió una velada hostilidad. El germen de la rebelión contra el invasor estaba en la mirada de los caciques, hasta entonces señores de las tierras que consideraban legítimamente suyas, sin otro poder superior que el del lejano Inca que era como un dios invisible del que sólo conocían a quienes lo representaban.

 

 

HACIA EL CACHAPOAL

           

Pasado el rigor del invierno, don Pedro envió hacia el valle de Cachapoal a un grupo de diez de sus soldados, al mando del capitán don Pedro Gómez de Benito. El grupo tenía la misión de llegar hasta las riberas del río y vigilar el valle, para impedir que se realizaran reuniones o “reguas” de indios cuyo objeto no podría ser otro que el de preparar algún asalto a los españoles. A comienzos de septiembre, Pedro Gómez advirtió algunos movimientos que consideró sospechosos de los naturales del valle. Temió que proyectaran algún ataque a su pequeña guarnición, acampada rudimentariamente. Envió entonces un mensajero a don Pedro de Valdivia para darle cuenta de sus observaciones y temores.

Don Pedro, alarmado por esas noticias, decidió ir él mismo hasta el Cachapoal, a la cabeza de 60 hombres (30 infantes y 30 de caballería), con el objeto de dispersar a cualquier grupo de indígenas que considerara amenazantes. Fue así como los naturales del valle de Rancagua, pudieron conocer por primera vez al Jefe de los nuevos invasores de sus tierras.

Don Pedro de Valdivia con sus sesenta hombres llegó hasta la pequeña guarnición que comandaba el capitán Gómez y escuchó de su boca detallados informes sobre los sospechosos movimientos de los indígenas y de sus “reguas”. El conquistador recorrió la ribera norte del río y logró dispersar a algunos de los grupos que encontró a su paso. Pero no pudo verlos a todos. La mayoría, advertidos por rápidos mensajeros y secretas señales, se escondió entre los matorrales, los árboles o los carrizos.

 

 

EL ATAQUE A SANTIAGO

 

Mientras don Pedro recorría el valle del Cachapoal, el naciente Santiago del Nuevo Extremo vivía dramáticos momentos. El 10 de septiembre de 1541, no menos de diez mil indígenas, según cálculo de los españoles, atacaban y destruían la pequeña villa fundada con tanta pompa el 12 de febrero de ese mismo año.

En el ataque participaron muchos de los naturales de los valles del Cachapoal y de Colchagua que días antes se habían reunido con otros grupos, marchando oculta y sigilosamente hacia el Mapocho. Entre los atacantes, se distinguió, entre otros, el Cacique de Peomo, o Peumo, que días antes había atravesado el río al mando de centenares de los suyos, para unirse valientemente al ataque encabezado por el Cacique Michimalongo, contra los invasores.

Cuando Valdivia, afianzado en su campamento al pie del Huelén, comprendió que ya no seguirían atacándolo, porque los indígenas más belicosos prefirieron abandonar sus tierras e irse más al sur, a las tierras de los huilliches, invitó a los caciques de toda la zona y los reunió en el naciente Santiago del Nuevo Extremo para hablarles de su Rey y de su Dios.

Los atemorizados hombres de esta tierra comprendieron  que tenían que someterse, tal como se sometieron antes a los Incas. Los nuevos invasores avanzaron inexorablemente. Cruzaron muchas veces el Cachapoal y siguieron hacia la tierra de los huilliches. Durante muchos años llegaron las noticias de la guerra desatada en el sur. Pero estas tierras del Cachapoal quedaron tranquilas, al margen de los combates y poco a poco comenzaron a poblarse con los nuevos conquistadores.

Los españoles, examinaron minuciosamente todas estas comarcas. Conocieron sus mitimaes. Encontraron rancheríos más o menos importantes en Angostura, en Machalí, Pelequén y Tagua-Tagua. Otros en Malloa, Codegua, Peumo, Ligueimo, Pichidegua, Copequén, Apaltas, Rapel, Colchagua… Y uno pequeño, escondido entre carrizales, denominado Rancagua.

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