Cuando han pasado 12 años desde que el terremoto dejara la mayor cantidad de los templos de la diócesis dañados o destruidos, queremos recordar el enorme esfuerzo de fieles, párrocos, donantes y autoridades para que estos pudieran ser reconstruidos.
Roberto Urbina, secretario ejecutivo de la Fundación La Santa Cruz, entidad creada por el Obispado de Rancagua para propiciar la reconstrucción, nos da un panorama general de lo que ha sido este proceso.
– En cuanto al estado de los templos ¿cuál fue la situación que dejó el terremoto de 2010?
– Ese año había 64 templos parroquiales en la diócesis (hoy hay 67), sólo 10 siguieron funcionando. Las comunidades de 6 parroquias vieron sus templos destruidos y otras 10 tuvieron que demolerlos por el mal estado en que quedaron. Eso fue muy doloroso. Otros 22 templos quedaron con daños estructurales graves que requerían una intervención mayor. Para esas 38 comunidades fueron años duros, tristes al ver sus templos tan dañados, pero también de mucha energía y entusiasmo para reunir fondos y repararlos. Así lo hicieron de inmediato las comunidades de 16 otras parroquias, cuyos templos quedaron con daños menores y con el liderazgo de sus párrocos rápidamente pudieron recuperarlos. Algo similar ocurrió con las comunidades de muchas de las casi 700 capillas que hay en la diócesis, varias de las cuales también sufrieron daños.
-¿Cuál fue el camino escogido por el obispado de Rancagua para enfrentar la reconstrucción?
– El mismo 2010 el Obispo Alejandro Goic creó la Fundación La Santa Cruz para apoyar las gestiones que permitieran recuperar los templos en toda la diócesis. Fue el instrumento jurídico para canalizar ayuda económica y actuar ante el Estado y donantes, chilenos y extranjeros, para avanzar en la reconstrucción. Al inicio hubo una gran solidaridad y mucho interés por colaborar.
-El Estado ha tenido un rol importante en la reconstrucción ¿por qué se ha involucrado en esto? ¿Cuál ha sido el resultado de esta labor cooperativa?
– En una actitud inédita, única, el Gobierno y parlamentarios diseñaron un mecanismo que ha permitido la reconstrucción de templos, lo que sin esta ayuda habría sido una tarea gigantesca, casi imposible y de muchos años. Creo que esto ocurrió por el reconocimiento al valor y significado que tienen los templos para sus comunidades, para la región y, en muchos casos, para el país, no sólo por su valor turístico y patrimonial, sino también porque son íconos del lugar y un enorme servicio comunitario.
-En términos de recuperación patrimonial ¿cuál es la situación hoy?
– Creo que es muy positiva. Se ha recuperado la mayoría de los templos y sus comunidades han vuelto a contar con ellos para su vida religiosa y también para el servicio solidario en sus localidades, lo que en estos años ha sido tan necesario y se ha hecho con mucho amor. Quedan pendientes 3 templos monumentos nacionales, cuya recuperación es responsabilidad del Estado. Son los de Coinco, Zúñiga y San Francisco de San Fernando. Es incomprensible, a veces hasta irritante, que 12 años después aún el Estado no pueda asumir esta responsabilidad. El caso de San Francisco es dramático, salvo el trabajo del Municipio de San Fernando, no hay más, y el apoyo de los organismos del Gobierno Regional ha sido mínimo, lento y entorpecedor. Además, hay otros dos templos que no son monumentos nacionales y también están pendientes: la capilla de La Torina, en Pichidegua, cuyo plano original fue hecho por el arquitecto Toesca, el mismo de La Moneda; y la sede parroquial de Santa Gemita, en Rancagua, demolida y que está siendo reconstruida con el esfuerzo único de su comunidad.
-¿Cuál ha sido el rol de las comunidades y la importancia de los donantes privados?
– Las comunidades, con sus párrocos a la cabeza, han cumplido un rol clave: recaudar el dinero para financiar el diseño de los proyectos que ha permitido postular a fondos para la ejecución de las obras de inmediato. Eso fue determinante. Además, han hecho aportes económicos importantes y han conseguido donantes locales para cifras mayores. También algunas instituciones de Santiago, empresarios y organismos de cooperación internacional han cooperado. De hecho, 3 templos fueron reconstruidos con aportes de privados: los de Litueche, Santa Cruz y Tinguiririca. Estas ayudas se redujeron cuando el Estado abrió la posibilidad de financiar estos proyectos.
¿Cuál es la evaluación hoy de la reconstrucción de los templos dañados?
– Sin duda, muy positiva. En 10 años recuperamos 50 templos, 13 de ellos totalmente reconstruidos. Eso es obra del esfuerzo de sus comunidades y párrocos, con la enorme, inédita y comprometida ayuda del Estado y de grandes donantes de la región y de Santiago.
-Desde 2010, los distintos gobiernos han apoyado la reconstrucción, ¿qué se pide a las nuevas autoridades?
– Queda poco que hacer, eso ayuda a que el Gobierno pueda continuar haciendo posible la recuperación de los templos que aún están pendientes. Son tiempos más difíciles, con más restricciones, lo sabemos, pero lo que falta es mínimo. Sobre todo los que son monumentos nacionales que tienen un valor patrimonial y un significado muy altos, para la región y el país. Son responsabilidad del Estado y después de 12 años sería una gran alegría ver trabajos de recuperación en ellos.
