No se trata de creer o no en que “todo tiempo pasado fue mejor”, sino que de asumir que ese pasado está siempre. Es nuestra sombra o luz.
No hay esfuerzo personal- a menos que medie una enfermedad- que pueda borrarlo. Basta tocar alguna tecla de la memoria, para que aparezca tan real como el presente.
Es lo que hicimos con nuestros entrevistados. Les invitamos a volver a su juventud y contarnos cómo era Rancagua, en esa etapa de sus vidas.
Por: Julio César Moreira
Fotos Nicolás Carrasco
Hermanos Cuadra “Nos conocíamos todos”
“Uno salía de la casa y se encontraba con los vecinos. Nos conocíamos todos. No sólo los de nuestra calle, sino de todas las circundantes. Uno cierra los ojos y se acuerda de todos los que vivíamos en el sector, porque, además, las casas estaban unas al lado de otra…todas juntitas”.
Es el primer recuerdo en la memoria de los hermanos Rubén y Virginia Cuadra, cuyo hogar estaba en O’ Carrol, casi frente al pasaje Cillero.
Eran vecinos, entre otros, de una familia rusa, de apellido Costner, “que mi mamá apañó y que venía arrancando de la guerra”, rememora Virginia.
Los límites urbanos de ese Rancagua, eran Alameda, Millán, Freire y la calle paralela a la línea férrea (Viña del Mar). El resto eran predios semi agrícolas. Con algunas excepciones, aclara Rubén, como la población Cuadra, Centenario, Rubio o la Granja. Todas con amplios sitios.
La entretención de ellos, y de la mayoría de las y los jóvenes de entonces, era el deporte, al interior de los colegios, “porque no había estadios como hoy”, concuerdan.
Rubén supo de pichangas en el polvoriento patio de la Escuela 1 y de deportes bajo techo en “el hermoso y único gimnasio del Liceo de Hombres”, de entonces. Los liceanos no usaban uniforme, sólo “ropa de calle”. Sin embargo, para los desfiles lucían una tenida parecida a la de la Escuela Naval, especifica.
Así como existían lugares para el deporte, también los había para “ver chiquillas o chiquillos”.
“El domingo, nos íbamos a la plaza. Las chiquillas caminaban de aquí para allá y los hombres para el otro lado. Ahí nos cruzábamos. También hacíamos lo mismo en el Paseo Independencia, de la plaza a Astorga”, afirma Virginia. El café “Primaveral” (Independencia) era otro punto de encuentro y para “pinchar” (una especie de flechazo a distancia).
“Había otro más, en Brasil. Era un salón de té que se llamaba El Japonés”, le recuerda su hermano.
A esos lugares, las jovencitas asistían lo “más arregladitas” posible y los varones con corbata.
La música del mexicano Cuco Sánchez y el Rock and roll, disputaban preferencias en los “Malones”. Eran fiestas que se hacía en una casa, y a la cual cada asistente aportaba con algo para comer o beber. Empezaban a las 18 y había que regresar antes de la medianoche. Tiempo corto, pero suficiente para estar con la chiquilla o chiquillo causante de tanto suspiro.
Virginia no deja pasar la oportunidad para recordar a su ídolo de entonces y de siempre: Cuco Sánchez (hasta hoy lo escucha). Lo fue a ver cuando vino a Chile. Un pariente, vinculado al ambiente artístico, intercedió ante el mexicano, para que sorprendiera a Virginia.
¡Increíble¡…”Cuco Sánchez me cantó a mí. Yo estaba feliz”, exclama esta privilegiada rancagüina.
Rubén se queda con los temas de Arturo Gatica. Por ejemplo: “La Calesita”. Estuvo varias veces en la casa de los Gatica, en el pasaje Cillero. Admite que la música de entonces, hoy “nos hace caer las lágrimas”.
Es la nostalgia, concuerdan ambos. Es la añoranza de las victorias tiradas por caballos, de las idas al mercado con sus progenitores, de las Fiestas de la Primavera y, por supuesto, del Rancagua de sus años juveniles.
Carmen Laborde: “En la Plaza había un pingüino”
Siendo muy joven, Carmen Laborde ya rompía esquemas.
“Cuando salíamos (de clases) nos arremangábamos las polleras, para mostrar las rodillas y esperar a los chicos del Instituto O´Higgins y de la Industrial”, cuenta sin remilgos.
En esa época, al igual que para la mayoría de sus coetáneos, la Plaza de los Héroes era Rancagua. Allí pasaba todo.
Y había de todo.
Incluso… ¡¡Un Pingüino!!.
No estoy delirando, pues le creo a Carmen Irene. “La plaza tenía una pequeña lagunilla donde vivía el pingüino Pepe. Lo amábamos y le dábamos miguitas de pan”.
Ella, y quizá Pepe, fueron, entonces, testigos privilegiados de lo que ocurría en el principal paseo de la ciudad, en ese tiempo.
Allí se hacían grandes eventos cívicos, como el juramento a la bandera; actividades literarias, de pintura y fiestas de toda índole.
Las chicas lucían sus polleras largas, cintillo y pañuelo al cuello y tenidas muy coloridas: El hipismo estaba en su apogeo, dice. “Éramos muy hippies. Teníamos un grupo que nos cortábamos el pelo igual a los Beatles; ropa negra y botines. Nuestros padres deben haber sufrido. Mi padre tenía una moto y yo se la robaba, para andar”.
En el Liceo de Niñas, había doble jornada. Los miércoles, tarde libre y “nos quedábamos jugando ping pong”.
Los domingos, después de la misa, señala, la banda del Regimiento Membrillar tocaba alrededor de la plaza y llegaba hasta Independencia. “Nosotras, al dar vuelta la plaza, aprovechábamos de encontrarnos con niños y nos mandábamos cartitas. Existían unos cuadernos que se llamaban Slam, en donde uno podía preguntar cosas y mandar mensajitos. Así podías conocer al otro”, confiesa Carmen Irene.
El paseo Independencia también era otro lugar de entretención para los jóvenes de entonces. Allí estaba el café Lucerna “que era muy taquillero y nosotros íbamos a tomar helados”.
Los malones, pero en el colegio, constituían la movida ideal donde compartir e iniciar un pololeo, al son de la música de los artistas de moda (Brenda Lee, Frank Sinatra y Los Beatles, entre otros).
Laborde vivió, afirma, una juventud rancagüina de mucha creatividad, de idas al cine, de poesía, pintura y teatro. Había una biblioteca pública, en un subterráneo de Independencia, a cargo de un señor de apellido Méndez, para quienes, como ella, gustaban del conocimiento.
Erna Van Treek: “El año que nací es un misterio”
¿Cuál es la fecha de su nacimiento?
-El 23 de septiembre-
¿De qué año?
-El año es un misterio-, es la respuesta de Erna Van Treek, quien mantiene intacto su sentido del humor. Y, también los recuerdos de su juventud en Rancagua.
Por ejemplo, que “la calle Independencia era más activa. Por ahí pasaban los vehículos. Había tiendas importantes: La Batalla, en donde vendían géneros; la paquetería La Paloma de los Bonomo, que tenía de todo”, cuenta la madre del Ministro de Agricultura, Esteban Valenzuela.
Se acuerda, perfectamente, que su casa- Carrera Pinto con San Martín- quedaba a cuatro cuadras de su colegio. Cerca de ella vivían los Lomuscio, Lantadilla, el doctor Enrique Lantadilla; y su amigo Santiago Benadava Cattan (diplomático y escritor) que residía “a la vuelta”.
De él recuerda que “se dedicaba a puro estudiar” y, por tanto, no participaba en los populares “Malones” de aquel tiempo.
Si bien admite que gran parte del día pasaba “en la casa y no tenía mucha entretención, sé que venían los circos que se armaban en O’ Carrol. El cine era también otra entretención. Estaba el Rex, Apolo y San Martín”.
Son los años dorados de la radiotelefonía y la música se imponía. Admite que “no era muy movida. Era más lenta. Se escuchaba mucho bolero”.
Las “faldas plato” marcaba tendencia entre las jovencitas de entonces, y en los varones reinaba la camisa bien planchada y ojalá almidonada. Las poleras no existían, recalca.
Este tipo de ropa, la mejorcita que se tuviera, se guardaba para el “Malón” del fin de semana. Era una fiesta que se hacía “en la casa que ofrecía cada uno de los integrantes. La mía se prestó varias veces para eso, porque era grande y bonita”.
Nivaldo Abarca: “Íbamos a la plaza a hacernos los lindos”
Para los estudiantes de esa época, la plaza era el sitio ideal “para esperar a las liceanas y hacernos los lindos con ellas”.
Venía la conversación y luego la invitación a los “Malones, donde empezaban los romances y pololeos, escuchando y bailando con canciones de los Beatles y La Nueva Ola”, recuerda, como si fuera ayer, Nivaldo Abarca.
En este tipo de fiesta y otras reuniones sociales, lo top en los chicos era lucir un coqueto “jopo”- peinado a lo Elvis Presley- y pantalones pata de elefante. Luego vino el pelo largo.
La venida de exponentes de la Nueva Ola, ya sea al Estadio El Teniente o la Medialuna, era también un momento de jolgorio juvenil.
En el centro estaba de moda El Lucerna. Degustar allí un heladito, mirar niñas y conquistar a una de ellas, estaba de moda.
Abarca valora el que todos se conocían, sabían sus nombres y apellidos. ” Ubicábamos a los profesores, a los directores de los colegios, los dueños de las tiendas y estos conocían a sus clientes”.
Locales emblemáticos, dice, eran la Sastrería París; La Riojana de los Cuéllar; la Casa Martínez, los dueños de El Globo. El Almacén de Don Eduardo Martínez- donde estaba El Nino-, después se transformó en el Supermercado Independencia.
La bohemia, para los jóvenes era casi inexistente. Los mayores tenían La Carmelita (en la población San Luis), El Sauce o La Norte Sur, cuenta.
La ciudad no era peligrosa, recalca. “Yo trabajaba en el programa Buenas Noches Provincia de O´Higgins, en la Radio Rancagua, que quedaba en la Alameda. Terminaba a la 1 de la madrugada. Me venía a pie por la calle de la boite Embasy, el Luca Gamba Sota y las ´Casas de Remolienda´. Se veían peleas, pero nunca un asalto o robo”.
El deporte ocupaba gran tiempo de la población juvenil. “Íbamos a la cancha de Alameda, actual Hermógenes Lizana. Se hacían competencias, las que organizaba Sergio Bobadilla Celedón, director deportivo de la Radio Rancagua. Él tenía una revista que se llamaba “Estampas Deportivas”.
Cuenta que había mucha convivencia. “Nos encontrábamos en el centro, para conversar. Sabías lo que le pasaba al otro. Estabas en las buenas y en las malas. En el fallecimiento de alguien tú estabas presente. Antes, los vecinos salían al lado afuera de sus casas y se sentaban a conversar”. Así recuerda al Rancagua más joven.
Jorge Zapata: “La religiosidad era muy fuerte”
“La religiosidad era muy fuerte. La familia completa iba a la iglesia y la misa de los domingos era sagrada”, rememora Jorge Zapata Medina.
Por lo mismo, define que Rancagua, de ese entonces, era “una maravilla”. Con gente muy “tranquila; todos nos conocíamos y respetábamos. Conocíamos los negocios y sus dueños”.
Era la época en que los vehículos podían estacionar en cualquier parte del centro. Incluida la plaza.
Mención especial le merece el “icónico Lucerna”, donde acudía a tomar café y conversar la amistad. Ahí conoció a personajes como Francisco Cuadra- padre del Ministro del mismo nombre-o Mateo Mihovilovich. “Desde ese café vi pasar, por el Paseo Independencia, a Fidel Castro (1971)”. También fue importante, en su juventud, el Reina Victoria.
La Alameda llegaba hasta la línea férrea, por el poniente. A continuación, había un fundo que luego fue expropiado. “Hubo una tremenda pelea ahí, porque se construyeron unas casas. Nosotros, como Cora (Corporación de Reforma Agraria) nos opusimos de frentón. Pero ganó Ricardo Tudela (autoridad por muchos años en la zona)”.
Aclara que el predio incluía el lugar en que se emplaza el Centro Español. “Correspondía a una reserva de ese fundo expropiado”, puntualiza, Zapata.
En ese tiempo, acota, en Rancagua había sólo dos juzgados. El primero en la cárcel antigua y el segundo en Gamero con Ibieta. Se sumaron el de Mayor Cuantía (O´Carrol con Alcázar) y del Trabajo (en la Gobernación).
El fútbol, en los barrios, era potente. Menciona al América y al cuadro de la Población Rubio, afirma.
En la música se imponía Rafael, Armando Manzanero, Adamo, Los Cuatro Cuartos o las Cuatro Brujas








