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María Inés Pérez: Cuando habla la sabiduría de la simpleza.

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Julio César Moreira

Fotos: Nico Carrasco

 

Lo que sabe no proviene de la pantalla de un celular o de la tecnología.

Se lo enseñaron los cerros, los pájaros, el paisaje campestre y la actividad agrícola del aún apacible sector de Chancón.

Pero también la guitarra de Don Cinesio de la Cruz- su padre- y los consejos y el amor de Doña Ema- su madre.

De todos ellos aprendió a valorar la sabiduría de la simpleza que, según ella, sigue imperando en esta localidad ubicada a 10 kilómetros al noroeste de Rancagua, y que es más conocida por su minería aurífera.

Para María Inés Pérez Medina, la principal riqueza de ese lugar no es aquella actividad.

Es su gente y sus costumbres sanas y simples, remarca. Por lo mismo, más valiosas que el oro, por su escasez en el mundo de hoy.

Ella nació el año 1946, en el antiguo Fundo Chancón, de propiedad de Eliodoro Infante. Puntualmente en lo que hoy es el callejón “La Chica”.

 

-¿Cómo era Chancón y su gente, cuando usted era joven?

Vivíamos muy unidos todos y éramos pocas familias. En esa época, además de sembrar, se hacían fiestas. La pasábamos bien, todos juntos. En mi casa nos gustaban mucho las fiestas. Nos juntábamos con los vecinos. Uno traía una gallinita y la echaba a la olla y otras señoras hacían el pan.

A mi papá le gustaban las fiestas y el traguito y siempre lo invitaban, porque tocaba la guitarra. Eso atraía la amistad y la unión. Los bailes se hacían a pura guitarra (Don Cinesio, dicen, era de los que hacía hablar este instrumento). No había nada en cuanto a la ciencia que hay ahora.

 

-¿Además de la familia Pérez, había otra que le hiciera a la guitarra?

Que yo recuerde, no. Por eso, nos invitaban a todas las fiestas. Por eso la casa pasaba llena. En ese tiempo no se conocían por acá los payadores. Eso empezó cuando mi hermano se empezó a ubicar con ellos.

 

-¿Echa de menos el cómo se vivía antes acá en Chancón?

Se echa de menos porque era un mundo de orden, tranquilo. Uno vivía sin peligro, contenta, toda la gente unida.

Pero también había una pobreza muy grande. Igual nos uníamos para hacer una fiesta. Si a una vecina le faltaba algo, otra estaba ahí.

Era común pedir prestado un poquito de azúcar. Uno decía: Después se la devuelvo vecina. O: vecina, présteme unas papitas, un poquito de arroz, un poquito de fideos.

La gente se afirmaba unos con otros. Por eso, nunca faltaba algo. Eran comunes las sopitas de pan. La gente las estimaba mucho. Ahora nos da vergüenza hacer una “ollaíta” de sopita de pan; la gente podría decir: ¡Por Dios que está pobre esta señora!.

Uno echa de menos esas cosas simples: Las pancutras y las ricas comidas de “anterior”.

Esa es la vida que llevábamos acá. A mí me hace feliz recordar eso, porque me recuerda a mi mamita con mucho cariño.

 

-En esa época, ¿todos los de acá, los antiguos, tenían una vida parecida?

Sí. Nos divertíamos con lo que podíamos. Teníamos buenas amistades con los vecinos. Por eso puedo decir, con toda libertad, que los chanconinos nos amamos.

 

-¿Cuál es la principal riqueza de Chancón?

La unión, la vegetación, los cerros. Me siento feliz de vivir acá. En lo que me queda de vida no me gustaría echar pie atrás y no acobardarme ante el barro (dificultad).

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-¿Podría vivir en otra parte que no fuera Chancón?

Me encontraría mal. Conozco el pueblo y no me gusta nadita.

Se ha ido mucha gente de acá y de los antiguos quedamos muy pocos. De esos antiguos han “viajado”, la mayoría, al descanso eterno y los renuevos se han ido al pueblo.

 

 

“Mi hermano era muy inteligente”

María Inés siente una gran admiración por su hermano ya fallecido; conocido entre los payadores chilenos como el gran “Salvita”.

Recuerda que él quedó ciego a muy temprana edad.

-Salvador nació bien de la vista. Pero, a los 3 días, una señora “curiosa”, sacó al niño al aire y eso lo complicó. Le dio aire-, es su explicación.

De ahí, en adelante, señala, “se le fue derrotando la vista, hasta que ya no pudo ver más.

A raíz de aquello, los patrones del fundo, de quienes la madre de Salvita era ahijada, comenzaron a preocuparse por su ceguera, a buscar un tratamiento.

Todo fue imposible.

Aún así no lo abandonaron y decidieron buscar un lugar en donde le enseñaran música, porque desde chico, al igual que Don Cinesio, demostró habilidades para tocar la guitarra.

Lo enviaron al Hogar Santa Lucía de la Cisterna, para perfeccionar su arte. Comenzó a componer payas y versos, convirtiéndose en uno de los mayores y prestigiados exponentes nacionales del canto a lo humano y lo divino.

“Mi hermano era un hombre muy inteligente, muy sabio, amigo de los amigos. Cantamos juntos en la Casa de la Cultura y otras partes”.

 

-¿Qué importancia tuvo su padre en que a ustedes y a Salvita les gustara la música?-

La música es lo más grande. Ella me ha ayudado y me tiene levantada en la enfermedad que tengo. A los chanconinos siempre nos ha gustado la música mexicana y la cueca.

Mi hermano fue más famoso afuera. Aquí en Chancón, la gente no valorizaba lo que era el payador.

 

-Con el fallecimiento de Pancho Astorga y de su hermano Salvita, ¿ ha ido también muriendo la paya como expresión?-

Sí. Mi hijo, el más chico, es más entusiasta por la paya. Él acompañaba a mi hermano en las salidas.

 

-¿Debiera haber algo, acá en Chancón, una calle o algo así, que recuerde y rinda homenaje a su hermano?-

Ahí en “La Chica” debiera haber algo especial. Ahí está la casa donde él vivió.

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