María Helia Hernández Candia celebró sus 100 años: La longevidad se sostiene en afectos, paciencia y vivir en paz.

-Una rancagüina que ha sido testigo de un siglo de transformaciones sociales y urbanas, hoy disfruta de una numerosa descendencia que incluye dos hijos, seis nietos y varios bisnietos, quienes protagonizaron una emotiva celebración.

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Con una vida marcada por la sencillez, el esfuerzo y el profundo amor por su familia, María Helia Hernández Candia celebró el pasado sábado 7 de febrero sus 100 años, rodeada de afecto, junto a sus hijos, nietos y bisnietos, quienes llegaron hasta su hogar para homenajear a la mujer que hoy es el corazón de varias generaciones.

Aunque no tuvimos la oportunidad de asistir a la celebración de sus 100 años, sí gozamos del privilegio de conocer a una verdadera dama, en toda la extensión de la palabra. Su elegante atuendo reflejaba una mujer refinada, circunspecta y con un toque de glamour, que nos recibió con amabilidad y calidez, rodeada de su familia.

Nacida en San Carlos, región de Ñuble, María Helia ha sido testigo de un siglo de transformaciones sociales y urbanas. Sin embargo, cuando repasa su historia, no habla de grandes acontecimientos, sino de aquello, que asegura, da verdadero sentido a la vida: la tranquilidad del hogar y las relaciones construidas con respeto.

“Me siento bien porque no tengo problemas con mi familia”, comenta con serenidad, destacando que vive junto a su hijo mayor y su nuera desde hace más de cuatro décadas. “Para mí no es mi nuera, es como una hija. Nunca hemos tenido conflictos”, agrega.

Una vida en la cordillera

Uno de los capítulos más significativos de su historia transcurrió en Sewell, el emblemático campamento minero de la Región de O’Higgins, donde vivió cerca de 14 años tras contraer matrimonio con Elías Rivera Rivas, trabajador ligado al molino.

Llegó siendo una mujer joven, de alrededor de 24 años, y encontró en ese enclave cordillerano, un espacio de comunidad que recuerda con especial cariño.

“Viví bien, nunca tuve ningún problema. Tenía buenos vecinos y lo pasábamos muy bien”, relata.

Entre sus recuerdos más vívidos, están las largas escaleras que caracterizan al campamento. “Me encantaba caminar, subir y bajar las escaleras”, señala, evocando una rutina que hoy forma parte del patrimonio histórico del país.

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En Sewell también nació su hijo mayor, en el hospital del campamento, recinto que, asegura, brindaba una atención de calidad. La vida allí, explica, contaba con todas las comodidades necesarias, lo que fortalecía el sentido de comunidad entre los habitantes.

Las celebraciones eran otro de los momentos esperados. “Preparábamos comida en la casa y después nos reuníamos. Venían músicos desde Santiago y eran bailes muy bonitos”, recuerda.

El regreso a Rancagua y la construcción del hogar

Tras más de una década en la montaña, la familia decidió regresar a Rancagua. Lejos de resultar complejo, el cambio fue asumido con naturalidad.

Al llegar, la vivienda era modesta, pero con el tiempo lograron ampliarla. “La casa tenía cocina, comedor y un dormitorio. Nosotros levantamos todo lo demás”, cuenta con orgullo.

Ese mismo hogar es hoy el punto de encuentro familiar y el lugar donde celebró su centenario.

Familia, paciencia y comprensión: las claves de un siglo

María Helia formó una familia junto a su esposo, con quien tuvo dos hijos. Aunque él falleció antes de que pudieran celebrar sus 50 años de matrimonio, su recuerdo sigue presente en la historia familiar.

Consultada sobre el secreto para alcanzar los 100 años, responde sin titubeos:
“Tomarse las cosas naturalmente, tener paciencia y conversar los problemas en vez de discutirlos”.

Ese principio, según dice, fue también el consejo que entregó siempre a sus hijos: comprender al otro y mantener la armonía.

Ama de casa durante toda su vida, hoy disfruta de una numerosa descendencia que incluye seis nietos y varios bisnietos, quienes protagonizaron una emotiva celebración.

“Lo pasé muy bien, fue muy bonito estar con toda mi familia”, comenta.

Orgullo de vida

Más allá de los años, si algo la llena de satisfacción es la familia que ha visto crecer.

“Lo que más me enorgullece es la familia que tengo, porque es comprensiva. Las cosas se conversan y nos ponemos de acuerdo”, afirma.

Actualmente lleva una vida tranquila, agradecida de contar con las comodidades necesarias y el permanente apoyo de los suyos. No piensa en regresar a Sewell —confiesa que le provocaría nostalgia—, pero guarda esa etapa como uno de los periodos más felices de su existencia.

Al cerrar la conversación, deja un mensaje simple, pero profundo:
“Agradecer, porque tengo hijos y una familia que me entienden y me quieren”.

A un siglo de su nacimiento, María Helia Hernández Candia representa la memoria viva de una generación. Su historia, tejida entre la cordillera y la ciudad, demuestra que la verdadera longevidad se sostiene en los afectos, la paciencia y la capacidad de vivir en paz.

El testimonio del hijo mayor

Elías Nivaldo Rivera Hernández, hijo mayor de María Helia, ha sido testigo directo de gran parte de la historia familiar. Nació en Sewell en 1953 y recuerda con claridad la vida en el campamento minero y el posterior traslado a Rancagua, un cambio que marcaría el futuro de la familia.

“Nosotros llegamos a la población Rancagua Norte en mayo de 1966 y hemos estado hasta la fecha. Fuimos casi de los primeros en llegar; en ese tiempo el sector estaba dividido en cuatro partes y alrededor solo había fundos”, relata.

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El traslado no fue casual. Elías había viajado antes a la ciudad para continuar sus estudios secundarios, decisión que motivó a sus padres a dejar la vida en la cordillera.

“Yo me vine a estudiar al liceo y mi mamá no quiso que me quedara solo. Justo coincidió la entrega de las casas, así que decidieron venirse”, explica.

Aunque el cambio significó dejar atrás un lugar donde contaban con múltiples comodidades, la adaptación fue más bien una experiencia curiosa que difícil.

“No fue traumático, pero sí cómico, porque estábamos acostumbrados a una vida donde lo teníamos todo. Eso se lograba gracias al trabajo de mi papá en la mina El Teniente”, recuerda.

Sobre Sewell, su memoria está llena de imágenes de comunidad y bienestar. “Para nosotros la vida allá fue buena. Teníamos colegio, gimnasio y todos los servicios eran gratis. Era una rutina muy organizada”.

Incluso detalla el lugar exacto donde vivían, el edificio 300, departamento 112, ubicado en el primer piso, junto a una escalera y cerca de un túnel característico del campamento.

Con el paso de los años, gran parte de esas construcciones desaparecieron. “De los edificios donde vivíamos ya no queda nada, los demolieron”, comenta, evidenciando la transformación del histórico enclave minero.

Hoy, al mirar a su madre cumplir un siglo de vida, el orgullo es evidente. Su decisión de acompañarlo en una etapa clave, su educación, y es un gesto que, asegura, refleja el carácter protector y familiar que siempre la ha definido.

Elías destaca que la historia de María Helia también es la historia de muchas familias que dejaron Sewell para construir una nueva vida en la ciudad, sin perder los valores de esfuerzo y unidad que caracterizaron a esa generación.

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