Contaminación: cuando las preguntas siguen abiertas

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Cada invierno la contaminación atmosférica vuelve a ocupar un lugar central en la agenda regional. Alertas ambientales, restricciones al uso de calefactores a leña, recomendaciones sanitarias y llamados al autocuidado forman parte de una rutina que los habitantes de O’Higgins conocen demasiado bien.

La reciente columna de opinión de la académica de la Universidad de O’Higgins y ex seremi del Medio Ambiente, Giovanna Amaya Peña, titulada «Respirar humo en tiempos de negación climática», publicada el pasado domingo 31 de mayo, vuelve a poner sobre la mesa una preocupación que difícilmente puede ser discutida: la contaminación atmosférica sigue siendo uno de los principales problemas ambientales y sanitarios que enfrenta nuestra región.

Tiene razón cuando advierte que no debemos normalizar el problema ni acostumbrarnos a convivir con él. Basta observar la cantidad de episodios críticos que se registran cada temporada para comprender que la calidad del aire continúa siendo una tarea pendiente.

Sin embargo, la discusión merece una mirada más amplia.

Durante años, el debate regional se ha desarrollado como si existieran solamente dos posiciones posibles: quienes defienden el Plan de Descontaminación Atmosférica y quienes sostienen que ha fracasado. La realidad, como suele ocurrir, es bastante más compleja.

Porque si algo muestran los antecedentes acumulados durante la última década es que sí se han realizado esfuerzos importantes.

Miles de calefactores han sido reemplazados mediante programas de recambio. Se han fortalecido las fiscalizaciones. Se han impulsado medidas de eficiencia energética. Se han establecido restricciones progresivas al uso de leña y se han desarrollado campañas de educación ambiental. Las propias autoridades han destacado en distintos momentos reducciones en la cantidad de episodios críticos respecto de temporadas anteriores.

Por lo tanto, sería injusto afirmar que nada se ha hecho.

Pero tampoco parece razonable concluir que los resultados obtenidos están a la altura de las expectativas que se generaron cuando comenzaron a implementarse estas políticas.

Y aquí surge una reflexión que merece ser abordada sin prejuicios.

Durante los años en que Giovanna Amaya ejerció como autoridad ambiental, defendió públicamente los instrumentos impulsados por el Estado para enfrentar la contaminación atmosférica. Como correspondía a quien tenía la responsabilidad de conducir esas políticas, destacó los avances alcanzados y la necesidad de perseverar en las medidas adoptadas.

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Hoy, desde la academia, su análisis pone mayor énfasis en la persistencia del problema y en la necesidad de profundizar el conocimiento sobre sus causas y comportamientos.

Lejos de transformarse en una discusión sobre personas, este cambio de enfoque debería llevarnos a una pregunta mucho más relevante: ¿es posible que, además de implementar medidas, todavía estemos comprendiendo de manera insuficiente algunos aspectos del fenómeno que intentamos resolver?

Durante años se ha hablado del valle central de O’Higgins como una sola realidad ambiental. Sin embargo, las condiciones de Rancagua no son necesariamente las mismas que las de San Fernando, Rengo, Graneros, Chimbarongo o Malloa. Las formas de calefacción varían. Las características urbanas son distintas. Las actividades productivas también. Incluso las condiciones geográficas y meteorológicas presentan diferencias relevantes.

Si ello es así, resulta legítimo preguntarse si contamos con toda la información necesaria para entender cómo se comporta la contaminación en cada territorio.

No es casualidad que desde la propia Universidad de O’Higgins y desde organismos públicos se haya planteado la necesidad de ampliar las capacidades de monitoreo y fortalecer la generación de datos locales. Tampoco es casualidad que se continúen incorporando nuevas herramientas para caracterizar con mayor precisión la calidad del aire en las distintas comunas.

Cuando una política pública sigue requiriendo más información, ello no necesariamente significa que haya fracasado. Pero sí puede indicar que aún existen aspectos importantes que no comprendemos completamente.

Y quizás allí se encuentra uno de los principales desafíos para los próximos años.

La discusión regional no debería centrarse únicamente en cuántos calefactores se han recambiado o cuántas alertas ambientales se decretan cada temporada. También debería preguntarse si los diagnósticos que orientan las decisiones son suficientemente precisos para abordar una realidad territorial compleja y diversa.

Porque si los diagnósticos son incompletos, las soluciones también pueden serlo.

La descontaminación atmosférica sigue siendo una necesidad urgente para proteger la salud de los habitantes de O’Higgins. En eso existe un amplio consenso. Lo que corresponde ahora es avanzar hacia una evaluación igualmente rigurosa de los resultados obtenidos y de la información sobre la cual se están construyendo las políticas futuras.

Negar el problema sería un error. Pero también lo sería asumir que todas las respuestas ya están encontradas.

Porque el objetivo no debe ser únicamente gestionar la contaminación cada invierno.

El verdadero desafío sigue siendo entenderla lo suficiente como para reducirla de manera efectiva y permanente.

Luis Fernando González V.

Sub Director.

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