Por: Patricio Miranda Humeres
Es domingo y en el taller que el orfebre César Ortiz (39) tiene en su casa, en Rancagua, hay más movimiento de lo habitual.
Y es que a las herramientas y materiales que usualmente ocupan el espacio, se suman también una intérprete de lengua de señas y ocho personas no oyentes, quienes atentamente miran cómo la mujer va traduciendo las instrucciones que César les da para ir dibujando figuras en una placa de cobre.
Y es que a pesar de que el artista puede comunicarse con la comunidad sorda, se apresura a dejar algo en claro: “Ellos me han ido enseñando, pero yo no soy intérprete”.
La pandemia había puesto en pausa un proyecto que se ha ido reanudando de a poco y donde cerca de una veintena de personas no oyentes asisten a la casa de César para formarse como orfebres y así poder desarrollar habilidades que les permitan crear joyería y desenvolverse de forma independiente como emprendedores.
La iniciativa, comenta César, surgió luego de que en 2013 recibiera a una alumna sorda que asistió con su hermana a uno de los talleres que él realizaba. Ello, cuenta, lo hizo vivir más de cerca una realidad que no conocía en profundidad y enfrentarse a una compleja situación.
“Hay muchas cosas que, aunque exista una Ley de Inclusión, siguen siendo una barrera para ellos. La brecha comunicacional, por ejemplo, para otros grupos no existe, y para ellos es de inmediato una primera dificultad”, postula el orfebre.
Así fue como se fue acercado a la comunidad no oyente, primero a través de una iglesia, donde muchos se juntan y comparten, y por extensión al Centro Cultural y Deportivo Manos Que Hablan. De ahí en adelante, todo fue aprendizaje y activa colaboración.

El proyecto
Cada domingo, un grupo de ocho personas no oyentes, junto a la intérprete Romané Sánchez, llegan al taller de César. Se van turnando semana por medio, ya que en total son 16 los integrantes del curso, cuyas edades fluctúan entre los 15 y 50 años.
Las clases, que el orfebre desarrolla gracias a un Fondart, duran entre cuatro a cinco horas.
“Ha sido un proceso súper enriquecedor. Cada vez que trabajo con ellos, siento que estoy haciendo algo importante”, afirma el hombre, nacido y criado en Rancagua.
Y el sentimiento es mutuo. Damaris Díaz (32), es una de las participantes y presidenta de la agrupación. “La comunidad sorda necesita tener objetivos, talleres, actividades. Es algo muy importante para tener ánimo y este es un espacio donde podemos disfrutar”, señala.
Díaz sostiene que, para las personas no oyentes, luchar contra sentimientos de angustia, depresión o ansiedad se vuelve una constante, que se vio agudizada por las cuarentenas y la pandemia. Por eso hoy, que han podido retomar las actividades, aprovechan cada minuto.
“Me gusta mucho hacer las joyas, me las puedo poner y mostrar. La gente me pregunta, les digo que yo las hice y eso es un orgullo”, reconoce.
Y precisamente ese también es uno de los focos del proyecto, que los alumnos culminen el curso siendo capaces de enfrentar cualquier desafío de diseño y ejecución, para crear sus propios productos.
Con el retorno a la presencialidad, los avances de fase y menores restricciones en los aforos, la idea también es ir disminuyendo el tiempo que pasa entre una clase y otra. “El objetivo es que podamos llegar a tener sesiones tres días a la semana”, puntualiza César.
Pero este no es el único plan en el que están trabajando. Hace unas semanas, la agrupación logró que nueve concejales firmaran una carta de apoyo para la creación del Primer Centro Sociocultural para Personas Sordas de Chile” y que el alcalde de Rancagua también respaldara la iniciativa.
Con ello, están a la espera de que el Ministerio de Bienes Nacionales pueda entregar un espacio para el desarrollo del proyecto. Puedes conocer más sobre la comunidad en su página de Facebook: Manos que hablan Rancagua.

