Los fantasmas del antiguo Hospital de Rancagua no pertenecen a un único edificio. El reportaje reúne una historia asociada al primer recinto hospitalario de la ciudad y otras surgidas en el antiguo Hospital Regional, inmueble que después pasó a ser utilizado por la Universidad de O’Higgins.
Separar ambos lugares evita mezclar tiempos y protagonistas. En cada caso, la narración se conserva como tradición oral: no existe una prueba de apariciones, pero sí recuerdos transmitidos entre trabajadores, pacientes y vecinos.
El obrero que perdió una pierna
Patricio Díaz sitúa el origen de la primera historia en 1834, cuando comenzó a funcionar el hospital inicial de Rancagua. Según su investigación, un trabajador cayó mientras participaba en la construcción del techo y sufrió una lesión tan grave que debieron amputarle una pierna con los procedimientos disponibles en la época.
Un carpintero le fabricó una extremidad de madera que utilizó hasta su muerte. La tradición sostiene que, antes de fallecer, maldijo el lugar y prometió no abandonar el sitio donde había perdido parte de su cuerpo. Díaz lo describe como uno de los primeros fantasmas documentados en las recopilaciones locales.
La mujer que pedía agua en el quinto piso
El antiguo Hospital Regional generó su propio conjunto de historias. Funcionarios y vecinos recuerdan a una mujer mayor que aparecía durante la noche y pedía agua en el quinto piso. El relato no identifica un registro clínico ni una persona comprobable; su fuerza proviene de la repetición entre quienes trabajaron en el edificio.
La enfermera de capa negra
Otra presencia corresponde a una antigua enfermera que, según la tradición, recorre silenciosamente el sector del pensionado con una capa negra. Su figura condensa una imagen frecuente en las leyendas hospitalarias: la cuidadora que continúa vigilando pasillos después de su muerte.
Los subterráneos y la memoria de los turnos nocturnos
Los pasajes subterráneos que conectaban sectores del establecimiento completan el escenario. Quienes debían atravesarlos de madrugada describieron ruidos, cambios de temperatura y sensaciones inquietantes. El miedo se vuelve más intenso en espacios aislados, con poca luz y cargados de recuerdos de enfermedad y muerte.
Estas narraciones no demuestran actividad sobrenatural. Documentan cómo una comunidad laboral explica experiencias difíciles de nombrar y cómo los edificios conservan historias incluso cuando cambia su uso. La guía de mitos y leyendas de O’Higgins reúne otros relatos urbanos de Rancagua, entre ellos la historia de Tito Lastarria.
