Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

Diario Digital

Lee la Edición de Hoy

A PROPÓSITO DEL CARRETE EN FIESTAS PATRIAS

Comparte esta noticia

Anuncios

Por: Alejandro Romero Miranda

Sociólogo

Dr.(c) Ciencias Sociales.

Docente e Investigador Universidad La República

 

 

Cada año, las fiestas patrias traen la promesa de distención y jolgorio. El mundo adulto prepara el evento en casa. Los mundos juveniles en cambio, se preparan para salir a zapatear y levantar polvo fuera de ella, lo cual, no sólo preocupa a los adultos, sino que también los atemoriza. El claustro pandémico relativizó en algo este panorama, pero con gran parte de la población inoculada y las fiestas clandestinas que no han cesado, este cuadro vuelve a ocupar la retina.

Este sentimiento de intranquilidad que experimentan los adultos, -que es parte de la incertidumbre generacional-, se basa en el desconocimiento y prejuicio sobre las prácticas juveniles que en todo momento se asumen transgresoras y carentes de robustez moral. En esta línea, las concepciones de mundo de los/las jóvenes les parecen tan refractarias, que en algunos casos le suenan hasta peligrosas; cómo no va a ser irresponsable embriagarse hasta la inconciencia, como no tachar de infame y falto de moral conducir bajo los efectos del alcohol, cómo no mirar con malos ojos el uso de la marihuana entre la chicha y el pipeño… Lo sorprendente de este discurso, es que ninguna de estas aseveraciones -y prácticas-, proviene en exclusividad de los mundos juveniles, sin embargo, por ser en esencia transgresoras en razón de lo instituido, son asociadas a su inherencia por parte del mundo adulto.

Esta incertidumbre generacional supone en esencia un temor al cambio (hacia lo instituyente), y de manera más específica, un temor ante inminentes secularizaciones de valores y tradiciones que se asumen fundacionales y trascendentales para la pervivencia del sistema social tal como lo conocemos, donde la utilización de nuevas drogas (como la marihuana) en las fiestas nacionales no solo causa temor, sino además, extrañeza dada su aparente descontextualización histórica. Así, mientras en las fiestas patrias se justifica e incita el consumo de alcohol, -reminiscencia sui generis de las fiestas bacanales-, de contrapartida se reniega del uso de marihuana. El 18 de septiembre se asume entonces como una festividad eminentemente líquida, pues el humo narcótico y embelesante (¿característico de la juventud?) no se ajusta a nuestra historia republicana, marcada por cuecas, resacas, acidez estomacal y manchas de vino en la camisa “del varón” o la falda de “la dama”, que a la postre, se vislumbran como la gran herencia cultural (como la establecida forma de celebrar) que se espera sea replicada por las nuevas generaciones.

En el contexto de fiestas patrias, la marihuana no genera patrimonio intangible como lo hace el alcohol, pues, no refuerza en el inconsciente colectivo nacional imágenes que asumimos propias, como el “curaito” que se tambalea de fonda en fonda, la mujer que baila cadenciosamente -fuera de todo ritmo- la cumbia de moda, el simpático “entonado” que sorprende con sus pasos prohibidos, o el borrachín que zapatea la cueca con vehemencia, de aquí entonces su proscripción, proscripción que parte de los mundos juveniles no comprende ni menos aceptan, sobre todo, en época festiva.

Los adultos, fuimos socializados para ver en el alcohol un riesgo, pero un riesgo controlado que en su justa medida envalentona y divierte. Crecimos así, con la idea de su uso moderado, por tanto, no con temor a la propia sustancia sino a su exceso. Y fue esta imagen en fin de cuentas, las que nos acompañó desde nuestra primera borrachera -que justificamos por inexperiencia, por no conocer nuestro cuerpo más que por la ingesta misma-, hasta su extensión y justificación como elemento recurrente -por no decir central-, en cada celebración y penuria que nos tocó –y nos tocará- experimentar en nuestra trayectoria de vida.

En este sentido, nosotros -los que superamos los cuarenta y más-, crecimos con la representación social del alcohol como un elemento neutro, cuyos efectos pueden considerarse positivos o negativos según la cantidad y la intención del bebedor. De esta forma, fuimos educados para creer que el alcohol reúne, alegra, distiende, avergüenza, ridiculiza, mata la pena y sana el alma según el número de copas ingeridas, esto a diferencia de la marihuana, donde el problema lo encarna la propia sustancia independientemente de la dosis. He aquí un mito urbano que muchos adultos sostienen sin causa real, a su haber, que es más fácil controlar y refrenar el consumo de alcohol que del cannabis.

Anuncios

De este modo, el festejo líquido de las fiestas patrias para los adultos se cristaliza en torno a tradiciones que para algunos mundos juveniles carecen de sentido, como el rodeo -que asocian al maltrato animal y la maldad, más que a la pericia y las habilidades del huaso latifundista. En el mismo sentido, las juventudes mixturan esta festividad con elementos propios de sus gustos generacionales y la moda transcultural, especialmente la música. No extrañe entonces que este 18 -como tantos anteriores-, entre cuecas, tonadas y cumbias se escuche un estridente “reguetton” o “trap” que nos hablan de pieles tostadas y piernas jugosas, no nos sorprenda tampoco percibir la subcultural letra del mambo flaite que, entre empanada y anticucho, nos cuentan las hazañas de choros, malditos y picaos a narco. De igual forma, no entremos en pánico cuando descubramos que entre fonda y fonda se dispone un brillante puesto de sushis, pizzas o wafles con largas filas de espera. Ante esto, el consejo es respirar y recordar que en plena modernidad todo se vuelve híbrido, todo se mixtura y de eso no escapa nuestro dieciochito.

Para todos esos huasos urbanos que se asumen ortodoxos y fundamentalistas que reniegan de lo anterior, recuerden que hace tiempo el mercado torció la mano y saco la empanada napolitana como tercera variedad nacional (sumándose a la de pino y queso), que la chicha, el pipeño y el chacolí dieron paso al terremoto, elixir que une la cadena entre estos licores y sus emulsionados como el ponche, el borgoña o el cleri. Recuerden también, que de la noche a la mañana aparecieron los anticuchos de pollo, que los volantines ahora se les conoce como cometas y que ya muy pocos, en verdad muy pocos niños, sacan pilcha nueva para lucir en la ocasión.

Así serán estas fiestas patrias, mezcla de recuerdos que nos tocan la fibra y tradiciones impuestas a la fuerza, mezcla de moda transcultural y nuevos aportes culturales de los hermanos migrantes. En casa o fuera de ella, habrá un crisol donde se fragüe lenta y diversamente nuestra identidad.

 

Esta publicación es parte de una colaboración entre Diario El Rancagüino y la Asociación de Instituciones de Educación Superior de la región de O´Higgins IES SEXTA

Mas informaciones en www.facebook.com/IESSexta/

En esta edición la información fue proporcionada por

Universidad La República

 

Anuncios
Anuncios
Anuncios
Anuncios
Anuncios