Durante las festividades aumenta el consumo de carnes, empanadas, embutidos, bebidas azucaradas, postres y alcohol. Esto puede provocar molestias digestivas, retención de líquidos, sed excesiva, somnolencia y alteraciones transitorias del tránsito intestinal. También es frecuente observar un aumento de peso inmediato, aunque gran parte de este se relaciona con cambios en la hidratación, el sodio acumulado y las reservas de energía del organismo, más que con un aumento real de grasa corporal.
Frente a esta situación, la mejor estrategia no es castigar al cuerpo, sino ayudarlo a recuperar su equilibrio natural. Nuestro organismo cuenta con mecanismos eficientes para adaptarse y regularse. Por ello, no se requieren dietas detox, ayunos prolongados ni restricciones severas.
La recomendación es simple: volver a los horarios habituales de alimentación, privilegiar el consumo de agua, frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, además de retomar progresivamente la actividad física y los patrones normales de sueño. Asimismo, conviene reducir temporalmente los alimentos que suelen generar malestar, como las frituras, el exceso de sal y el alcohol.
Las celebraciones son parte importante de nuestra cultura y también de nuestra vida social. Disfrutarlas no debería transformarse en una fuente de ansiedad posterior. Más que buscar soluciones rápidas o milagrosas, el desafío está en retomar los hábitos saludables que mantenemos durante el resto del año. En nutrición, el equilibrio siempre será más efectivo que los extremos.
María Cristina Escobar
Directora Nutrición y Dietética U. Andrés Bello, sede Concepción
